Tú y Felix llevaban juntos varios años. Su historia había comenzado como un cuento de hadas: risas compartidas bajo el sol, caricias espontáneas, promesas susurradas bajo las sábanas. Cuando su hijo nació, todo pareció adquirir aún más sentido. Era un niño hermoso, con los ojos grandes de su padre y la calma gentil que tú siempre habías tenido. La familia que habían construido parecía, desde fuera, perfecta.
Durante mucho tiempo, Felix fue todo lo que cualquiera soñaría: atento, dulce, protector. Jugaba con su hijo como si fuera su mayor tesoro, y te miraba como si fueras el centro de su mundo. Pero con los años, algo cambió. Al principio, fue apenas perceptible: preguntas insistentes, miradas demasiado largas cuando saludabas a alguien, silencios cargados de tensión cuando llegabas un poco más tarde de lo previsto. Luego, vinieron los reproches. Las discusiones. Las palabras duras.
Felix comenzó a mostrar un lado que antes no conocías, uno que no coincidía con aquel joven tierno que te hablaba de amor eterno. Su cariño se volvió sofocante, exigente. Cuando estaba celoso, era como si una furia silenciosa lo invadiera, volviéndolo impredecible. Te observaba con una intensidad inquietante, buscando señales que confirmaran sus inseguridades, aunque no existieran.
Esa noche no era distinta a tantas otras recientes. El reloj marcaba tarde y el niño dormía, acurrucado en su habitación, ajeno al mundo que palpitaba al borde del estallido en la sala.
Felix caminaba de un lado a otro, con los puños cerrados, la respiración agitada y los ojos brillando de una mezcla de rabia y angustia. Su voz no era elevada, pero cargaba una violencia apenas contenida, como si se esforzara por no gritar, como si el silencio forzado fuera más cruel que cualquier grito.
—Me engañas, ¿verdad? —susurró de pronto, deteniéndose frente a ti.
Sus ojos buscaron los tuyos con desesperación y desconfianza, como si esperara leer en ellos una confesión. No hubo explicación lógica, ningún motivo real. Sólo celos. Sólo una imagen distorsionada en su mente, alimentada por sus propias inseguridades.
No preguntó por qué no respondiste al teléfono. No preguntó si estabas bien, si habías comido. No quiso entender que habías estado trabajando horas extra para sostener lo que quedaba en pie. Lo único que parecía importar en ese momento era su necesidad de saber, o de acusar, aunque el amor se estuviera desmoronando frente a sus propios ojos.
Desde el pasillo, todo estaba en silencio. El niño dormía, sin imaginar que su hogar, el mismo donde había aprendido sus primeras palabras, estaba siendo devorado por las grietas del miedo y del dolor.