STEVE HARRINGTON
    c.ai

    La tarde caía lenta sobre Hawkins, tiñendo todo de un naranja apagado que parecía más frío que cálido. El aire olía a hojas secas y a ese silencio extraño que siempre anticipaba algo… raro.

    Vos caminabas por el pasillo del instituto intentando mantener la compostura. La garganta ardía como si hubieras tragado arena. Cada paso se sentía más pesado que el anterior.

    Hacía días que no te alimentabas.

    Y lo sabías.

    Pero no podías… no querías arriesgarte.

    Las voces alrededor se volvían un murmullo lejano, como si estuvieras bajo el agua. El latido de los corazones cercanos sonaba demasiado fuerte, demasiado tentador.

    Demasiado peligroso.

    Intentaste apoyarte en los lockers, respirando hondo, pero el mundo se inclinó de golpe.

    Oscuridad.

    —¡Hey! —una voz masculina, urgente—. ¡Ey, ey! ¿Me escuchás?

    Cuando abriste los ojos, estabas en el piso del pasillo vacío. Frente a vos, arrodillado, estaba Steve Harrington, con el ceño fruncido y una mezcla de preocupación y confusión en la cara.

    —Te desmayaste —dijo suavemente—. Intenté llevarte a la enfermería pero…

    Se detuvo.

    Sus ojos bajaron a tu boca.

    Había un pequeño hilo de sangre en la comisura de tus labios… y tus colmillos apenas visibles antes de que pudieras ocultarlos.

    El silencio se volvió pesado.

    Muy pesado.

    Tu respiración se aceleró.

    —No… —susurraste, intentando incorporarte—. No viste nada.

    Pero Steve no se alejó.

    Al contrario.

    Se sentó frente a vos, apoyando la espalda contra los lockers, procesando todo con una calma sorprendente.

    —Ok… —dijo después de unos segundos—. Ok. Esto no es lo más raro que vi en Hawkins. Ni cerca.

    Lo miraste, incrédulo.

    —¿No… te asusta?

    Steve negó con la cabeza lentamente.

    —Te desmayaste por hambre, ¿no?

    No respondiste. No hacía falta.

    El silencio fue suficiente.

    Él suspiró, pasándose una mano por el pelo.

    —Escuchá… no voy a decirle a nadie.

    Se remangó la campera con decisión, extendiendo el brazo hacia vos.

    —Si necesitás alimentarte… hacelo. Prefiero eso a verte colapsar otra vez.

    El latido de su corazón llenó el espacio entre ustedes. Fuerte. Constante. Cálido.

    Tentador.

    —Steve… —tu voz salió apenas en un susurro, mezclada entre culpa y necesidad—. No entendés lo que estás ofreciendo.

    Él sostuvo tu mirada, firme.

    —Entiendo que estás sufriendo. Y nadie debería pasar hambre así.

    El tiempo pareció detenerse.

    La decisión estaba en tus manos.

    El secreto ya no estaba solo bajo tu piel… ahora alguien más lo sabía.