La mansión estaba llena de personas que apenas Simon conocía. Había música, alcohol por todas partes, luces demasiado brillantes para su gusto. Era la despedida de soltero del hombre más codiciado del país: multimillonario, joven, atractivo y completamente vacío por dentro.
Simon se casaría en una semana y no por amor. El matrimonio uniría empresas, apellidos, fortunas. Todo estaba calculado. Ninguno de los dos estaba entusiasmado con la idea pero no había otra opción.
Esta noche Simon sonreía falsamente para fotos, brindaba con sus amigos y aceptaba las felicitaciones de todos, aunque en el fondo sentía que algo se cerraba para siempre.
De pronto alguien golpeó una copa con un tenedor llamando la atención de todos. Era Johnny, su mejor amigo. Ya estaba un poco borracho pero no le impidió decir algunas palabras.
—Ha llegado el momento de mi regalo —dijo con una sonrisa traviesa—. Espero que lo disfrutes en tu último día de libertad…
Entre risitas apagó las luces principales haciendo que solo quedara iluminado el centro del salón. Caminaste con seguridad, con un vestido que parecía una segunda piel. No eras exagerada, no eras vulgar. Eras magnética.
Y entonces comenzó la música.
Simon te observaba fijamente. No solo como tu cuerpo se movía al ritmo de la canción, sino tu rostro, tus suaves gestos. La forma en la parecías concentrarte, como si ese momento fuera solo tuyo.
Diste un giro lento, tu cabello moviéndose en el aire mientras lo veías de reojo. Había algo extraño en ese hombre. No gritaba, no hacía comentarios vulgares, no te miraba como si fueras un objeto. Al contrario, te miraba como si quisiera entenderte, ver más allá de la chica que bailaba frente a él.
Te acercaste lo suficiente para que pudiera verte de cerca. Tus ojos le resultaron más bonitos de lo que había notado desde la distancia.
Cuando terminaste, los aplausos inundaron la habitación y sonreíste tímidamente. Por alguna razón esa pequeña acción lo cautivó aún más. Te diste media vuelta para irte pero Simon te alcanzó y se detuvo frente a ti.
—La noche aún es larga —dijo con calma—. ¿Te gustaría quedarte un rato más? Solo… conversar.
Parpadeaste sorprendida. Los hombres normalmente eran molestos y pedían otra cosa pero él solo parecía interesado.