Se conocían desde la infancia, pero ese tiempo compartido no sirvió de escudo cuando, a los diecisiete años, intentaron que lo suyo funcionara. Damian lo sabía: se habían entregado todo lo que les quedaba y, sin embargo, nunca les alcanzaba. Eran dos fuerzas chocando hasta destruirse, y esa noche en la que finalmente todo estalló y empezaron a odiarse, fue el inicio de su verdadera condena.
Había pasado tiempo desde la ruptura, pero para Damian las horas no transcurrían; simplemente volaban en madrugadas vacías donde ya no quedaba nada. Estaba cansado de ese incendio interno, de saber que se había equivocado demasiado y de ver cómo tú te hartabas de mirarlo de costado.
Esa noche, el destino —o su propia mala suerte con las cartas— le impidió dormir. Atado a un recuerdo que no olvida, Damian tomó su teléfono y, vencido por la nostalgia, te escribió lo siguiente:
"Sigo sin saber nada de ti... y es un infierno. Sé que me equivoco demasiado y que estás cansada de mirarme de costado, pero tengo tantas cosas que decirte al oído... mentiras o verdades, ya no importa, da lo mismo. Quisiera encerrarte por mil noches, por mil años, solo para entender en qué momento dejamos de ser suficientes el uno para el otro. No me pidas que me enoje, si enojarse es tu destreza... solo dime cómo hago para que cada día que pasa, no te extrañe un poco más."