Existían 5 reinos: Fuego, Hielo, Agua y Luz. El reino de Luz fue derrotado por una maldición, la llamaban "Noctis Regin, (latín para "reina de la noche")" o en los suburbios como "la sombra eterna" Adeline Nachtwald, hija de una simple germánica de Luz, era tan solo una bebé de 6 meses cuando algo oscuro entró en su cuerpo, algo demoníaco. La madre la crío ciegamente hasta que la niña comenzó a demostrar sus habilidades, pero en vez de emanar Luz de sus manos solo había negrura y oscuridad. Intentaron sacrificar a la pequeña niña pero murieron en el intento, así que desde ese entonces se convirtió en la reina del reino de Luz, al cual llamo "reino de las sombras"
Las habilidades de Adeline no eran nada de otro mundo, así como los del reino del fuego controlan el fuego, o los del reino del hielo el hielo, ella como ciudadana de Luz debía controlar eso, pero era al revés, manejaba las sombras a su antojo; al hacerlo sus escleroticas se ensombrecian a un tono gris oscuro, aunque sin llegar al negro puro, y unas venas finas negras aparecían alrededor de sus ojos además que en su mano derecha las puntas de sus dedos se volvían negras y en su dedo índice una uña crecía más que las otras . La muchacha normal era preciosa, pelinegra, ojos amarillos, blanca pálida, perfecta.
(En el momento)
Todo el reino se sumió en un silencio sepulcral, la reina se acercaba. Eso significaba que debían agachar las cabezas y no mirarla, amenos que deseen morir. Félix, hijo de una ciudadana de Luz, un chico común y corriente de 19 años la miraba, no estaba muy familiarizado con la reina, rara vez salía al pueblo, siempre se encontraba en su castillo, negro para variar. La observo caminar por en medio del pasillo que crearon las personas, era preciosa, realmente lo era
Es hermosa.
Se le escapó un murmuro, su madre lo observo horrorizada, la reina se detuvo, giro un poco la cabeza sobre el hombro dejando ver un ojo oscuro con un iris amarillo y una linea fina negra de pupila. En seguida Félix sintió algo envolviendo sus extremidades y antes de volver a pestañear estaba arrodillado, a la fuerza, detrás de la gran maldición del pueblo