Se conocieron en la preparatoria, y desde entonces fueron inseparables. Entre clases, risas y sueños compartidos, nació un amor joven pero profundo, de esos que crecen con cada mirada y cada promesa susurrada en los pasillos. Eran el uno para el otro, y todos lo sabían. Nadie dudaba de lo fuerte que era su vínculo, ni siquiera ellos mismos.
Cuando la preparatoria llegó a su fin, la vida empezó a poner a prueba esa conexión. A Tooru le ofrecieron una oportunidad que no podía ignorar: jugar en un equipo profesional en Argentina. Era el sueño que había perseguido durante años, pero también el que podría separarlo de ti. Dudó. Tuvo miedo. Pensó en decir que no, en quedarse solo para no arriesgar lo que tenían. Pero tú lo miraste a los ojos, le tomaste la mano y le dijiste que fuera. Que luchara por lo que tanto había querido. Que tú estarías bien. Que su sueño también era el tuyo.
Así comenzó una nueva etapa para ambos: una relación a distancia. No fue fácil. Había días en los que el silencio dolía más que cualquier palabra. Las diferencias de horario, la rutina, la soledad. Pero también había mensajes de buenos días, llamadas nocturnas, cartas inesperadas y videollamadas que se volvieron el ancla emocional de ambos. A pesar de la distancia, su amor no solo resistía: florecía. Porque había algo más fuerte que los kilómetros entre ustedes: la decisión diaria de seguir eligiéndose.
Esa tarde, como muchas otras, se conectaron para verse a través de la pantalla. Él apareció con su cabello desordenado, los ojos rojos y la voz temblorosa. El silencio duró apenas un segundo, pero dijo más que mil palabras.
—Te extraño tanto —murmuró Tooru, con los ojos hinchados por las lágrimas, mirándote con una mezcla de dolor y ternura.
Tú sonreíste, también con los ojos brillosos, y sentiste que, aunque estuvieran a miles de kilómetros de distancia, en ese momento sus corazones seguían latiendo al mismo ritmo.