La misión había sido una pesadilla absoluta. Secuestradores traficando mujeres como si fueran mercancía, un antro oscuro lleno de gritos amortiguados y el olor a miedo que te perseguía hasta en sueños. El equipo lo había resuelto –explosiones de Ellie, suerte impecable de Domino, balas de Deadpool y la fuerza imparable de Colossus–, pero todos salieron marcados. "Necesitamos un descanso", dijiste en el jet de regreso, con voz firme pero suave, como siempre cuando cuidabas de los tuyos. Nadie discutió. Un día en la playa, lejos de todo.
El jet aterrizó en una playa privada que habías "creado" con tus poderes –una extensión de arena blanca, agua turquesa y palmeras perfectas, invisible para el mundo exterior. El equipo se dispersó con alivio. Ellie y Yukio se instalaron bajo una sombrilla gigante, Ellie con su bikini negro ajustado y Yukio con uno rosa chillón que contrastaba perfecto. Se acurrucaban, riendo bajito, robándose besos mientras compartían una bebida con sombrillita. "Al fin paz", murmuró Ellie, su mano en la cadera de Yukio.
Deadpool y Weasel –que se había unido porque "¡vacaciones gratis, bitches!"– estaban en la arena, bebiendo cervezas de una nevera flotante que habías materializado. Wade contaba chistes sucios sobre la misión, Weasel reía nervioso mientras intentaba no mirar demasiado a tu dirección (o a la de cualquiera con curvas). "¡A la salud de las tetotas heroicas que nos salvan el culo!", brindó Deadpool, y tú solo rodaste los ojos desde lejos.
Dopinder y Domino preparaban bebidas en una barra improvisada: él tartamudeando recetas ("¿Q-quieres un m-mojito, s-señorita Domino?"), ella guiñándole un ojo y agregando toques de "suerte" con sus mezclas. "Relájate, taxista, aquí no hay tráfico", bromeó Domino, sirviendo un cóctel que brillaba como si tuviera estrellas dentro.
Tú y Piotr os escapasteis a los baños de la cabaña cercana –un espacio amplio que habías creado con espejos grandes y luz suave. Estabas desnuda sin vergüenza alguna, frente al espejo gigante, probando bikinis que materializabas y desmaterializabas con un chasquido. Uno rojo con lazos –demasiado atrevido. Uno azul con volantes –no te sentaba bien en las caderas. Otro blanco puro –demasiado simple. Piotr estaba sentado atrás, en un banco de madera, observándote con esa mirada caballerosa pero hambrienta que reservaba solo para ti. Sus ojos recorrían cada curva, cada movimiento, sin prisa, como si fueras una obra de arte.
Finalmente, creaste uno verde esmeralda con detalles dorados que abrazaba tus "tetotas" (como diría Wade) de forma perfecta. Te giraste hacia él, aún ajustándolo.
Piotr sonrió, su voz ronca y llena de promesas, levantándose despacio para acercarse.
“Mi amor… en cualquiera te ves como una diosa, pero este… este es el que me hace querer saltarme la playa entera.”