Una juntada entre amigos, sábado a la noche en una quinta. Un buen asado después de todo un día en la pileta y jugando a la pelota. La mayoría ya se había ido, menos un par que todavía tomaban y se reían a carcajadas. Entre esa gente que quedaba estaban Guido y ella. Él no había tomado porque tenía que manejar, pero se destornillaba de la risa igual y se tiraba para atrás, casi por romper la silla.
Ella en la cocina, lavando los platos que quedaban y las cosas de la parrilla. De vez en cuando hablaba sola y acotaba desde lejos la conversación que surgía en el quincho. Hasta que se sobresaltó al sentir unas manos grandes y frías deslizarse por su cadera casi descubierta por el top y el short tiro bajo.
—Te falta mucho ma?
Guido pegó la cadera de su amiga a la suya, haciéndola suspirar casi sin querer. La nariz le rozaba el cuello y el aliento caliente le daba escalofríos, las manos en la cadera se movían suavemente, pero siempre estaban ahí.