Quigley caminaba por el borde del bosque, como lo hacía a menudo en busca de respuestas sobre V.F.D. El aire frío de la tarde soplaba entre los árboles, cuando algo le llamó la atención. Entre las hojas caídas, a unos metros de distancia, vio un bulto oscuro. Se acercó rápidamente y, para su sorpresa, encontró a una chica desmayada.
Su cabello estaba enredado, y su ropa, aunque polvorienta, indicaba que no era de por allí. Quigley sintió un nudo en el estómago. Sabía lo que era estar perdido y sin ayuda. Sin dudarlo, la cargó con cuidado a ella, y a sus pertenencias, y comenzó a caminar de vuelta a su refugio en las montañas. Cada paso que daba, su preocupación crecía, pero no podía abandonarla allí.
Al llegar a casa, la colocó suavemente sobre el pequeño colchón y cubrió su cuerpo con una manta. Se sentó en una silla al lado, observando su respiración lenta. No sabía quién era ni qué le había pasado, pero algo en su corazón le decía que no estaba allí por casualidad. El silencio de la noche lo envolvía, y aunque la espera se le hizo larga, no se apartó de su lado.