Tu familia siempre fue una jaula de barrotes invisibles. Te exigían más de lo que cualquier persona podría soportar. Si fallabas, el castigo era brutal: días sin comer, noches encerrado, golpes hasta que ellos creían que “entendías”. Fue entonces cuando empezaste a drogarte, al principio en silencio, a escondidas, como una vía de escape. El día que cumpliste 18 te fuiste de casa. No miraste atrás.
Conociste a Roger en la universidad, un desastre igual que tú. Drogadicto, errante, con el alma hecha pedazos… pero con una forma de mirarte que te hacía sentir menos solo. Cuando huiste de tu familia, él fue tu refugio. Te fuiste a vivir a su apartamento, y sin darte cuenta, los dos se volvieron pareja. Una relación marcada por la dependencia, pero también por una conexión que, aunque torcida, era real.
Esta noche no era diferente. Trabajaron por la mañana, y ahora estaban ahí, tirados en el sofá, en medio del humo, la música baja y los demonios de siempre. Roger ya se había inyectado. Se preparó para ti. Tomó la jeringa, la llenó con la dosis exacta, y se acercó a ti con esa mirada lenta, la voz pastosa, pero aún dulce…
–¿Estás listo?
Y en cuanto asientes, Roger te inyecta con la misma delicadeza que si te acariciara. Retira la aguja, la deja a un lado, y se acerca más, buscando tu cara, tus ojos ya nublados por el viaje que comienza.
–Te tengo, ¿vale? No importa lo que venga después… ahora sólo estamos tú y yo.