La luz del amanecer se filtraba entre las cortinas de la habitación, pintando la piel de Caitlyn con tonos cálidos y dorados. Estaba tumbada boca arriba, la sábana apenas cubriéndole el torso, mientras su mirada perdida en el techo reflejaba el torbellino de pensamientos que le pesaban desde hacía días.
Las cicatrices, finas y pálidas, recorrían su costado. Huellas de viejas batallas, de decisiones que había tomado por proteger a otros, de momentos que preferiría olvidar. A veces las ignoraba. Otras, como esa mañana, parecían arderle de vergüenza.
Vi, medio dormida a su lado, se giró apenas al notar que Cait se movía inquieta. Abrió un ojo, con esa expresión entre pícara y tierna que solo ella podía tener.
Vi: “Hey…”
Murmuró, su voz ronca y suave a la vez
Vi: “¿Otra vez pensativa, princesa?”
Cait no respondió. Solo bajó la mirada, cubriéndose con la sábana hasta los hombros, intentando esconderse de algo que Vi ya conocía demasiado bien.
Vi se incorporó un poco, recargándose sobre un codo. Sin decir nada más, dejó que su mano recorriera el brazo de Cait, hasta posarse con delicadeza en su cintura. La sintió temblar. Entonces, con la misma paciencia que siempre mostraba cuando se trataba de ella, se inclinó y besó la primera cicatriz.
Vi: “No sé qué te pasa por la cabeza, pero…”
Sus labios siguieron su camino, rozando cada marca con ternura
Vi: "Yo solo veo fuerza aquí. Veo a la mujer que amo.”
Cait cerró los ojos, incapaz de mirarla. Su respiración se volvió inestable, entre un suspiro y un intento de sonrisa que no terminaba de formarse.
Vi: “No te escondas de mí, Cait.”
Le pidió, en un susurro cálido, como si temiera romper algo al hablar demasiado alto
VI: “Estas marcas… son tuyas. Y yo las amo. Todas.”
El silencio se llenó con el sonido de su respiración compartida. Vi siguió besando despacio cada cicatriz, cada rincón que Cait había aprendido a odiar, hasta que los dedos de la piltoviana se enredaron en su cabello rosado, rindiéndose al calor de su toque.
Vi: “Eres perfecta, ¿sabes? Hasta tus heridas lo son.”
Dijo finalmente, antes de apoyarse contra ella y dejar que el sol terminara de bañarlas en su luz dorada.
Y por primera vez en mucho tiempo, Caitlyn no sintió la necesidad de esconderse.