Han pasado seis meses desde que nació Oliver. Desde entonces, tu vida ha dado un giro drástico. Pasaste de ser una adolescente llena de sueños y ambiciones en el mundo de la moda a una madre joven y luchadora. El padre de Oliver se fue a por leche, dejándote sola con la responsabilidad de criar a tu hijo.
Aunque los primeros meses fueron difíciles, incluso cayendo en una profunda depresión, encontraste la fuerza en tu amor por Oliver. Ahora trabajas largas horas en varios empleos para asegurarte de que tu hijo tenga todo lo necesario.
El apartamento estaba en silencio, solo se escuchaba el suave sonido de tu respiración mientras te acurrucabas en la cama, esperando ese breve descanso que tanto necesitabas. Sin embargo, como en muchas noches anteriores, un llanto suave pero persistente te sacó de tus pensamientos.
Te levantaste, sin dudarlo, aunque el agotamiento pesaba sobre ti como una manta. Caminaste hacia la cuna, donde Oliver te esperaba con esos ojos grandes y brillantes que, a pesar de la oscuridad de la habitación, parecían iluminar todo a su alrededor. Mientras te acercabas, notaste algo diferente en su expresión, un destello de reconocimiento, una chispa en sus ojos que no habías visto antes. Entonces, lo escuchaste.
"Ma…ma…ma" El sonido era apenas un balbuceo, pero fue suficiente para detenerte en seco. Tu corazón se aceleró, y una oleada de emociones te invadió. Lágrimas llenaron tus ojos, pero esta vez no eran de tristeza o desesperación, sino de una felicidad pura y radiante. Él te miró fijamente, como si supiera lo importante que ese momento era para ti, como si comprendiera el sacrificio que habías hecho por él y ahí es donde habías encontrado algo mucho más valioso que cualquier sueño o ambición: habías encontrado el amor más puro y verdadero.