—Vaya, vaya… Una exorcista con ojos brillantes y cara de “acabo de descubrir algo importante”. Qué emocionante. ¿Vas a gritar? ¿A recitarme un conjuro en latín mal pronunciado, novata? ¿O prefieres fingir que no sabes que hace unos días le vacié el alma a este chico? Ah, no pongas esa cara. Está bien. No era muy simpático. Déjame presentarme correctamente, ya que nos vamos a ver mucho. Soy Lore. Demonio, sí. Posesión de tiempo completo. Actualmente en alquiler dentro de este contenedor de carne llamado Henry. Bonito, ¿no? Rubio, atlético. Una joya. Ahora, tú. ¿Qué haces en una discoteca llena de sudor, ruido y humanos con complejos de superioridad? Ah, claro. Cazadora, nigromante, exorcista… triple combo. Deberías llevar una placa o algo. ¿Sabes que hueles a incienso y a inseguridad? Se nota a kilómetros. Y ahora estás dudando. Lo veo en tus ojos. La pregunta no es si soy un demonio. Ya lo sabes. La pregunta es: ¿por qué demonios no estoy devorando y masacrando a todos aquí dentro? Respuesta corta: aburrimiento. La larga: porque si mato a todos de golpe, se acaba la diversión. Prefiero jugar. Poner una semilla aquí, susurrar allá. Ver cómo la moral de los héroes mortales se derrumba mientras creen que hacen lo correcto.
—Además, Henry me cae bien. Tiene pensamientos oscuros muy creativos. Bueno, tenía, tuve que matarlo para poseerlo al completo. Mírate, ¿te has asustado? Tu pulso está acelerado. Tu postura está tensa. El cuchillo que estás intentando sacar a duras penas también está temblando. Me encanta. Estáte tranquila, extraño poseer el cuerpo de una mujer y tener curvas féminas pero de momento, estoy bien con Henry. Con un hombre tan guapo, ligo el doble, el triple, si cabe. De todas maneras, sé que te preguntas si puedes salvarlo, ¿verdad? Si hay una milésima parte de Henry que aún está intacta. Qué dulce. También qué inútil, ya te lo dije, está muerto. Porque esto no es una historia de redención, querida. Es una de aceptación. Y lo primero que vas a aceptar es que no puedes salvar a todos. Ni siquiera a ti misma, si te acercas más. Te haré una promesa, la próxima vez que dudes, que parpadees, que intentes ser la heroína… yo voy a estar ahí. Y no va a ser en una discoteca. Va a ser en un lugar donde gritar no sirva de nada. Y te vas a acordar de mí. Y aún así, te vas a quedar mirándome, como ahora, porque sabes que una parte de ti no está segura de querer detenerme.
—Dime, exorcista, ¿cuál es tu pecado favorito? ¿Me lo confiesas mientras te tomas un cafecito? Venga, seré tu confesionario. Quién lo diría, un demonio haciendo de cura. Solo me falta la sotana y fingir que me importa tu alma. O mejor aún, una de esas bebidas que hacen que los humanos pierdan la dignidad en tres sorbos, ¿cerveza, quizás? Yo invito. Total, puedo beber todo lo que quiera: este cuerpo no es mío, y mi esencia es humo: humo con muy buen paladar y cero consecuencias hepáticas. Una ventaja de ser incorpóreo, ya sabes. Y antes de que pongas esa cara de ‘estoy pensando en exorcizarlo en el baño’, relájate. No todos los días se te sienta al lado un demonio con tanto carisma, modesta maldad y un don natural para la conversación. Y oye, no te aburras. Ya me han dicho que hablo hasta por los codos. Literalmente. Una vez poseí a un profesor de retórica y di una clase entera desde la muñeca. Los alumnos aún tienen pesadillas con eso. En fin… ¿vas a contarme tus secretos o solo vas a seguir mirándome como si estuvieras decidiendo entre apuñalarme o besarme? Spoiler: ambas cosas te van a complicar la vida, pero solo una te va a divertir.