El Reino de la Vigilia tembló. Las puertas de ónix se agrietaron. Las pesadillas huyeron, y los susurros que alimentaban los anhelos de los mortales se silenciaron.
Porque ella había mentido. Delirio, había mentido por amor.
Ya no soporto más, tanta desgracia, sabía que debía intervenir mintiendo, para salvar a su querido hermano, Morfeo.
Y así asumió la culpa de la muerte de Orfeo en sus manos.
—Yo lo hice —dijo con su vocecita rota, con su cabello hecho nubes suelto y revuelto adorablemente—. Yo derramé su sangre.
Y el universo, cruel e implacable, aceptó su confesión como verdad absoluta ya que delicia podía distorsionar la verdad y está ser tomada como una realidad.
Ella, que una vez fue Delicia, se ofrecía al abismo.
En las profundidades del Telar del Destino, los hilos se enredaron. Las Furias callaron. La deuda fue cobrada… a la hermana equivocada a la más joven. La más rota.
Morfeo lo supo.
—No...tú no debias...—susurró temblando por primera vez. Pero ya no había forma de cambiar lo que había sido sellado en el corazón de la Realidad.—¿Por qué…?—musitó al ver cómo los colores de su hermana se deshacían.
Delicia miró a Morfeo por última vez y sonrió dulcemente llena de pesar antes de decir.
—No soy quién fui, Morfeo. Ya no soy Delicia. Solo soy esto. Este caos triste que te quiere. Y tú… tú necesitas que alguien te ame, aunque no sepas cómo pedirlo...adiós, hermano. Te quiero.
El rostro de su hermanita se deshacía como un dibujo bajo la lluvia. Sus colores se apagaban. Sus mariposas se deshacían en humo.
Una última mariposa quedó suspendida en el aire… y luego también desapareció.
Y entonces, Delirio dejó de existir.
El Reino del Delirio quedó vacio.
Pasaron segundos. Pasaron siglos. O quizás ambas cosas, porque en el Sueño el tiempo es un engaño.
Y un día, en medio de una estrella fugaz que nunca debía cruzar su cielo, Morfeo la sintió. Una vibración. Un eco. Una carcajada. Una voz.
Fue hasta el cráter donde los sueños nacen. Y allí, envuelta en cintas hechas de aire, con una mariposa en el ombligo y ojos que aún no sabían mirar, lloraba una bebé.
Tenía un ojo verde y otro color lila. El cabello como si lo hubieran pintado con crayones en plena tormenta. Y una pequeña flor en la lengua.
Era una Eterna. Pero nueva. No era ella Una semilla de diosa, brotando desde el silencio.
Morfeo la alzó entre sus brazos, por primera vez en siglos sintiendo un temblor en las manos.
Tenía algo de su risa. Algo del brillo. Pero no su dolor. No su caos. No era su hermanita. No era Delirio.
Y, sin embargo, sí lo era.
Él, que había destruido a su hijo. Él, que había sido salvado por una mentira de amor. Él, que ahora sostenía una vida nueva, tejida con hilos de pérdida.
—No eres mi hermana —dijo con voz grave, temblorosa.
La criatura lo miró. Y le sonrió con una dentadura de algodón.
—Pero quizás... algún día lo seas. Te cuidare. Por ella. Hasta que crezcas. Hasta que olvides. O hasta que me perdones, por no haber muerto en tu lugar.
Él la nombró. No Delirio. No Delicia. Solo un susurro, apenas una idea.
Pero el universo ya sabía que una nueva forma de locura había nacido.
Y mientras los Eternos esperaban que ella creciera, él cuidó de ella. No como un padre. No como un hermano. Sino como un hombre que custodia el último recuerdo de quien lo amó más que nadie.
Pasaron los días y la pequeña crecía más rápido algo habitual en los eternos. Morfeo era ayudado por Lucienne su mano derecha.