La luz blanca vuelve a colarse por las rendijas del techo.
El mismo zumbido eléctrico.
El mismo silencio estéril.
El mismo olor metálico y a desinfectante.
Parpadeas.
Ya no estás con Esvérico.
Tu espalda reposa contra la dura superficie acolchada del cuarto acolchonado de siempre. Estás solo. O eso parece. No hay rastro del sujeto de los niveles más bajos. No hay rastro del frío absoluto de su presencia. Pero algo te dice que eso nunca se fue del todo.
—clic— La cámara en la esquina vuelve a moverse. Te apunta con precisión. Ya no es Esvérico quien te observa, pero la Entidad sí lo hace. Lo sientes. Te evalúa. Te registra. Anota.
Un pequeño zumbido comienza detrás de la pared. —chung—CHUNG—clak— Una compuerta se abre al nivel del suelo. Esta vez, no cae comida de perro, ni papeles, ni objetos extraños. Solo cae una cinta de casete.
Negra. Marcada con tu número de sujeto.
Tu nombre no está. Solo un título grabado en tinta roja: “Sesión: Esvérico / Resultado: Inconcluso”
Todo huele igual, pero todo se siente diferente. Es como si la habitación estuviera respirando contigo.
Y en la cámara… por un instante, por una milésima, juras ver un reflejo blanco. Sin rostro. Observando desde el otro lado del lente. No hace nada. Solo imita tu respiración.
Y entonces desaparece.
¿Lo imaginaste?
¿Realmente volviste?
O peor aún…
¿Esvérico fue quien te trajo de vuelta?
—clic.— La cámara te sigue apuntando. Esperando.
Silencio.
Y tú otra vez, solo… …pero no del todo.