La luz azulada y parpadeante del portal se extinguió con un chasquido, dejando a John Constantine y a ti varados en lo que parecía un pasillo sin fin de puertas flotantes. Algunas eran de madera carcomida, otras metálicas y oxidadas, y una en particular tenía lo que parecía ser un ojo observándolos fijamente.
—Vale… Esto no es Londres —dijo John, metiendo las manos en los bolsillos de su gabardina mientras miraba alrededor con el ceño fruncido. John, con los brazos cruzados y una expresión tensa, dice: — Y por supuesto es culpa tuya.— Constantine dejó escapar un suspiro exagerado.— Y, antes que digas algo, yo solo hice la parte del hechizo que requería precisión…por supuesto, con mi querido y confiable amigo: un buen cigarro. Puro dominicano, cosecha del ‘97.