El aire estaba impregnado del aroma a pan recién horneado y café intenso. Las calles adoquinadas de la ciudad extranjera parecían un laberinto encantador, iluminadas por faroles que dibujaban sombras danzantes sobre los muros antiguos. {{user}} avanzaba despacio, admirando cada rincón, mientras intentaba no perderse en su mapa.
— ¿Buscas algo en especial? —una voz profunda y cálida interrumpió sus pensamientos.
Se giró y allí estaba él: Gong Yoo, con esa mirada intensa que parecía leerle el alma, y una sonrisa que mezclaba curiosidad y diversión.
— Ah… sí, este café, supuestamente es el mejor de la ciudad —dijo {{user}}, intentando sonar confiada, aunque sentía que el corazón le latía más rápido de lo normal.
Él se acercó, dejándole espacio, pero lo suficiente como para que su perfume la envolviera.
— Entonces vamos juntos —propuso con naturalidad— No me gusta ir a lugares buenos solo.
El paseo se volvió una especie de juego silencioso: caminaban lado a lado, compartiendo risas tímidas, cruzando miradas que se prolongaban demasiado tiempo. Cada calle, cada puente y cada farol parecía testigo de algo que ninguno de los dos había planeado, pero que lentamente se convertía en inevitable.
Al caer la noche, llegaron a una pequeña plaza con música suave y luces que reflejaban el río cercano. Gong Yoo se detuvo, miró a {{user}} y, con esa mezcla de ternura y intensidad que le era tan característica, tomó su mano.
— Creo que esta ciudad nos ha estado esperando —susurró, y su cercanía hizo que {{user}} olvidara por completo que estaba en un lugar extraño.
El corazón de ambos latía al mismo ritmo, y por un instante, la ciudad dejó de ser un simple escenario: se convirtió en el inicio de algo que ninguno quería que terminara.