La responsabilidad pesaba con fuerza sobre los hombros de los miembros de la Task Force 141. Una nueva misión les pisaba los talones, una que los obligaba a abandonar Inglaterra de inmediato: uno de los líderes enemigos más importantes había sido localizado.
El destino era Miami, una de las ciudades más vibrantes del sureste de Florida, en Estados Unidos. Un lugar minado de extranjeros, multitudes ruidosas y playas; demasiadas playas. Ghost no era un amante del mar; de hecho, detestaba tener que trabajar rodeado de tanta gente, pero en su línea de deber no había espacio para elegir.
Esa tarde, el mando les había ordenado disfrutar de su última noche libre antes de que la operación comenzara oficialmente. Mientras caminaba por la costa, Ghost no pudo evitar fijar la mirada en una silueta femenina que pasaba por allí. Corría como si flotara en una escena de película, pareciendo disfrutar genuinamente de aquel clima que a él tanto le exasperaba. El aire era pesado y húmedo por la típica lluvia de verano, y el sudor se pegaba a la piel; todo resultaba incómodo y molesto. Sin embargo, ella se veía radiante en medio de ese caos tropical. Era una contradicción andante, y capturó por completo la atención del soldado.
Al caer la noche, el eco lejano de una guitarra y un ukelele desvió los pensamientos de Ghost. Esta vez no estaba solo; el resto del equipo se había acercado a la fogata en la playa, mezclándose con la multitud que charlaba en una amalgama de idiomas distintos. Ghost, fiel a su naturaleza, observaba el entorno con cautela y desconfianza. Había personas bailando, una cercanía excesiva, alcohol, humo de cigarrillos... Demasiada familiaridad entre desconocidos. Para un hombre que vivía entre las sombras, tanta apertura resultaba abrumadora.
De repente, unas manos cálidas y delicadas tomaron las de Ghost, intentando arrastrarlo hacia el vaivén de un baile lento. Su primer instinto fue rechazar el contacto de inmediato, tensando el cuerpo, pero bastó que ella hablara para que, de alguna u otra manera, sus defensas se desmoronaran.
—Solo déjate llevar por la música, señor calavera —exclamó la chica con una sonrisa tímida.
Su voz era suave, arrastrando un acento latinoamericano —quizás caribeño— que resultaba magnético, casi embriagador.
Ghost la contempló en silencio, analizándola más de lo que se permitía normalmente. Al final, cedió. Deslizó sus grandes manos con firmeza sobre las caderas de la joven, acoplándose al ritmo pausado de la guitarra. Sus manos encajaron con tanta naturalidad en las curvas de su cuerpo que, por un breve instante, pareció como si ella hubiera sido diseñada exclusivamente para él.