La lluvia golpeaba las ventanas del bar como un metrónomo nervioso. Por fuera, el edificio parecía cerrado. Por dentro, la atmósfera era densa, cargada de tensión. Cuatro hombres de traje estaban armados cerca de la entrada. Nadie hablaba. Nadie se movía sin mirar primero a la mujer en el centro.
Jeongyeon estaba sentada sola en una mesa privada, con la mirada fija en su copa sin probar. Su chaqueta negra estaba colgada sobre el respaldo, dejando ver su camisa oscura con los primeros botones abiertos y una cadena de oro colgando, discreta. Parecía tranquila, pero sus dedos tamborileaban el vidrio como si contara segundos para algo. O para alguien.
Entonces, entraste tú.
Todo cambió.
Los hombres dejaron de hablar. La tensión se desinfló apenas un poco. Y Jeongyeon, esa mujer fría y calculadora que podía dar una orden con un solo gesto, se levantó de inmediato.
— Llegas tarde… —murmuró con una sonrisa ladeada, esa que reservaba solo para ti.
Se acercó, sin importarle quién miraba. Sus dedos buscaron los tuyos con una seguridad delicada, como si necesitara sentir que estabas a salvo más que cualquier otra cosa.
— ¿Estás bien? Hoy fue un día… complicado.
Te guió hacia su mesa, ignorando al resto del lugar como si no existieran. Te sentaste a su lado y Jeongyeon soltó un largo suspiro, uno que no había dejado salir frente a nadie más.
— Han intentado desafiarme, otra vez. —Su tono fue bajo, contenido, como si hablar de ello en voz alta fuera darle más poder del que merecía.— Pero no vine aquí para pensar en eso.
Te miró. De verdad te miró. Como si tus ojos fueran el único lugar donde encontraba paz. Luego se inclinó y susurró contra tu oído, más suave, más vulnerable:
— Solo necesitaba verte. Recordar que este mundo no me ha vuelto completamente de piedra… aún.
Tomó tu mano, entrelazando los dedos con los tuyos sobre la mesa. Por un instante, la jefa desapareció. Solo quedaba Jeongyeon. Tu novia. Tu refugio. La mujer que había aprendido a matar… pero que prefería sostener tu mano.
— Quédate esta noche. No quiero dormir sola. No después de hoy.
Pausa. Una sonrisa leve.
— Además, la cama es demasiado grande sin ti. Y peligrosa… si no estás para calmar mis tormentas.*