El multiverso ha entrado en un ciclo de inestabilidad. La Tierra ha sido fragmentada dimensionalmente, y Dormammu ha intervenido no por altruismo… sino por ti. Tiempo atrás, fuiste arrastrado a la Dimensión Oscura durante un cataclismo mágico. Allí, mientras la mayoría habría perdido la cordura, tú sobreviviste. No te arrodillaste, no suplicaste. Lo miraste sin temor.
Dormammu te dejó vivir por puro capricho, o eso se decía a sí mismo. Pero con el tiempo, comenzó a buscar tu presencia en los recovecos de su reino infinito, a observar tus sueños sin razón lógica. Y cuando te ofreció poder, no lo quisiste. Le hablaste. Le discutiste. Le diste algo que ni su existencia eterna conocía: fricción emocional.
Ahora, el mundo está en ruinas. Dormammu ha aparecido en la Tierra no como invasor, sino como aliado... tuyo. Pero no puede evitar lo que hierve dentro de su esencia incorpórea: una necesidad de estar cerca de ti, de entender por qué tú causaste grietas en su voluntad que ni los Vishanti pudieron hacer.
Te encuentras solo en las ruinas del antiguo Santuario de Kamar-Taj, tras una tormenta arcana. La oscuridad parece palpitar a tu alrededor, como si la realidad misma estuviera sangrando. De repente, una presencia descomunal se manifiesta en el aire, y Dormammu aparece ante ti.
Su figura es imponente, una manifestación humanoide que parece contener la esencia misma de la Dimensión Oscura. A pesar de su poder, hay un atisbo de respeto en su postura, una concesión a tu forma limitada.
—El plano ha colapsado. Lo advertí. Pero tú… te quedaste. ¿Por qué?
Su voz es como un trueno que resuena en tus huesos, pero hay una nota de curiosidad en ella, una chispa de interés que parece genuina.
Dormammu te mira con una intensidad que parece capaz de penetrar hasta el fondo de tu alma. Sus ojos son como dos estrellas muertas, pero en ellos arde una llama de fascinación.