Eras el más joven de los tres caballeros de la Guardia del Alba, y sin embargo, eras el más letal. Con tan solo veintitrés años, tu nombre ya resonaba por todo Eldoria como una advertencia velada. Tus enemigos te llamaban con temor La Espada del Alba, no por la promesa de un nuevo día, sino por ser el filo que cortaba justo antes de que llegara la luz. Donde tú aparecías, la oscuridad no era más segura que la claridad. La leyenda decía que tu hoja se movía más rápido que una plegaria; tus compañeros sabían que no era leyenda.
Junto a ti marchaban Ser Kevan, un coloso de acero y lealtad sin grietas, y Ser Thomas, el más calculador de los tres, un estratega nato cuyo juicio era tan afilado como su acero. Pero ninguno de ellos igualaba tu habilidad ni tu instinto. Eras el más joven, sí, pero en ti ardía una llama que los demás solo podían recordar haber sentido en su juventud… antes de que la guerra los gastara.
Escoltabais al príncipe Traesar, heredero de la casa Vaelmont, por los corredores sombríos del castillo ancestral de su linaje. Un muchacho de diecinueve años con ojos cansados y un futuro incierto. La Casa Vaelmont llevaba siglos en el trono, alimentando su poder con conquistas, conspiraciones y traiciones enterradas bajo piedra y silencio. Su símbolo —el lobo coronado devorando una serpiente— pendía de cada muro, no como estandarte de orgullo, sino como recordatorio de que, en Eldoria, la corona siempre se sostiene sobre colmillos y veneno.
Esta noche lo acompañabais hasta el ala este, zona prohibida a la corte y vigilada día y noche. Allí, entre las sombras del ala más antigua del castillo, lo esperaba Kaeryn Velyar, su amante secreta… o quizás su condena.
La Casa Velyar. Un nombre que aún provocaba susurros en los salones nobles y entre los eruditos de la capital. Antaño guardianes de la sabiduría arcana del este, los Velyar fueron desterrados tras ser acusados de practicar artes prohibidas, cultos nocturnos y antiguos rituales traídos de más allá del Mar de la Bruma. Pero nunca desaparecieron. Se replegaron a su dominio: los Bosques de Drevan, donde la luz se dobla, el tiempo se confunde y las tumbas a veces respiran.
Kaeryn era la menor de los suyos. De voz suave y mirada inhumana, con una belleza que dolía al contemplarla. Decían que la sombra se arremolinaba cerca de su cuerpo como si fuera parte de ella.
El príncipe se detuvo frente a la gran puerta negra, decorada con símbolos que no pertenecían a ninguna escuela conocida de magia. Los grabados parecían moverse bajo la luz de las antorchas, como si sus formas cambiaran cuando uno no miraba directamente.
—Esperen aquí —dijo Traesar, sin girarse—. Me reuniré con ella... a solas.