La noche estaba hecha para ti. Luces de neón bañaban el salón privado, música retumbaba con bajos pesados y las copas nunca se vaciaban. Era tu cumpleaños, y Bonten había decidido que solo lo mejor era digno de ti.
Mikey, sentado en una silla junto a la chimenea del salon, no sonreía mucho, pero su mirada se suavizaba cada vez que posaba en ti. Él había ordenado que nada faltara esa noche. Dinero, licor, regalos envueltos con papeles brillantes: la mesa parecía un altar hecho solo para celebrar tu existencia.
Kokonoi había mandado traer joyas de Italia, Rindou se lucía como anfitrión en la pista de baile, mientras Ran hacía chistes pesados que arrancaban carcajadas. Incluso Sanzu, con su sonrisa torcida, se mantenía en calma, más interesado en verte disfrutar que en causar problemas… al menos al inicio.
Entre risas, brindis y fotos improvisadas, la velada parecía perfecta. Era extraño pensar que un grupo como Bonten, tan temido en las calles, pudiera reunirse de esa forma para celebrar tu cumpleaños. Por un momento, todo parecía un sueño.
Pero los sueños siempre terminan rompiéndose.
Todo comenzó con una mirada equivocada. Un invitado externo, alguien que se coló entre los socios menores de Bonten, te dijo un cumplido de más. Rindou lo notó, luego Ran, y cuando Sanzu se dio cuenta, el aire en la sala cambió de inmediato.
—¿Qué dijiste? —preguntó Sanzu con esa calma peligrosa que antecedía al desastre.
El hombre intentó disculparse, pero ya era tarde. En segundos, la música dejó de importar, las risas se cortaron y el caos estalló. Copas rotas, mesas volcadas, gritos mezclados con golpes.
Ran tiró al tipo contra el piso, Rindou le soltó una patada sin piedad. Sanzu se reía mientras lo arrastraba por el cuello de la camisa, y pronto otros miembros se unieron, la violencia contagiándose como fuego.
Tú tratabas de detenerlos, pero el desastre ya no podía frenarse. Mikey, inmóvil al principio, se levantó despacio, caminó hacia el tumulto y, con un solo movimiento, hundió su pie en el cráneo del desafortunado. Silencio. El caos se congeló.
El cumpleaños había terminado en una escena de sangre.
Mikey te miró, como si nada hubiese pasado, y susurró:
—Feliz cumpleaños.