Sanzu Haruchiyo
    c.ai

    Takeomi Akashi caminaba con un cigarrillo apagado entre los labios, buscando la sombra de lo que alguna vez fue su hermano menor. Ya no era el "Perro Leal de Mikey"; era un espectro consumido por las pastillas y el alcohol.

    Lo encontró detrás de unos contenedores de basura. Sanzu Haruchiyo estaba tirado de lado, con su costoso traje manchado de barro y vómito. Sus ojos, entreabiertos y vidriosos, no reaccionaban a la luz. La respiración era tan débil que, por un segundo, Takeomi pensó que estaba muerto. —Mírate, Haruchiyo... —susurró Takeomi, sintiendo una punzada de culpa que le quemaba más que el tabaco. Por primera vez en años, la frialdad del "Dios de la Guerra" se rompió. Al levantarlo, el peso de su hermano era alarmante; era poco más que huesos y cicatrices. En ese momento, Takeomi supo que si lo dejaba ahí, la próxima vez que lo viera sería en una morgue.

    Esa misma noche, Takeomi irrumpió en el ático de Mikey. El líder de Bonten observaba la ciudad con ojos vacíos. —Mikey, se está muriendo —soltó Takeomi sin preámbulos—. Sanzu. Ya no es funcional. Si no lo sacamos de aquí ahora, va a terminar con una sobredosis en cualquier esquina. Mikey guardó silencio, su presencia era asfixiante. Tras lo que pareció una eternidad, asintió levemente. —Haz lo que quieras. Si vuelve, que sea útil. Si no... déjalo ir. Takeomi no esperó. Sabía de un instituto privado, un lugar alejado del ruido de las bandas y la violencia, donde el dinero de Bonten podía comprar discreción y el mejor cuidado médico.

    Sanzu despertó tres días después en una habitación blanca y silenciosa. Sus manos temblaban violentamente debido al síndrome de abstinencia y su garganta ardía. Intentó levantarse, listo para atacar a quien fuera, pero su cuerpo no le respondió.