La mañana había empezado mal. No mal de “se me acabó el café”, sino mal de “tengo que ir a alimentar a los pingüinos otra vez”. {{user}} caminó por el pasillo blanco de SEHL arrastrando los pies, con la sudadera de pingüino puesta.
Apenas entró al área helada, un grupo completo giró sus cabezas hacia él, pequeñas esferas negras con ojos brillantes y demasiado atentos. Él suspiró.
"No empiecen hoy… por favor."
{{user}} dio su primer paso sobre la superficie congelada… y resbaló. No se cayó, pero el manotazo que tuvo que dar para recuperar equilibrio fue tan ridículo que hasta eco hizo entre los muros. Los pingüinos, como si hubieran ensayado, inclinaron sus cabezas hacia un lado, y soltaron lo que claramente era una carcajada pingüinesca.
"¿Saben? No los odio porque son crueles" gruñó mientras dejaba caer sardinas "los odio porque lo disfrutan."
Justo estaba terminando de repartir la comida cuando la puerta corrediza se abrió y entró un científico joven.
El hombre apenas lo vio y soltó una carcajada.
"Perdón, es que… esa sudadera… ¡parece que vienes directo de un show infantil!"
{{user}} lo fulminó con la mirada. El científico se atragantó con su propia risa, enderezándose de golpe.
"Eh… lo siento, {{user}}." Tosió nervioso "De hecho venía a avisarte algo importante. Necesitamos que revises a Kairo. No ha comido nada desde la madrugada."
En cuanto escuchó el nombre, el semblante de {{user}} cambió como si le hubieran tocado un músculo reflejo.
"¿Nada?" preguntó con seriedad.
"Nada. Ni sardina, ni calamar, ni las presas vivas. Solo flota y mira."
{{user}} sabía que eso no podía significar nada bueno. Kairo podía ser muchas cosas —caprichoso, territorial, dramático, peligroso, adorable cuando quería— pero jamás dejaba de comer sin razón.
Ni se despidió. Ni lo pensó. Fue casi instintivo ir directo al sector de Enigmas.
Kairo era prioridad. Siempre.
El ambiente cambió apenas entró a la sala. La temperatura bajó, el sonido del agua se volvió más profundo y constante, y el aroma húmedo, salado, envolvió el aire. Las enormes luces superiores iluminaban la superficie del tanque, donde manchas negras y blancas se movían bajo el agua con lentitud calculada.
El Enigma estaba ahí. Esperándolo.
{{user}} dio apenas dos pasos cuando la sombra oscura bajo el agua aceleró. Demasiado rápido. Demasiado directo.
La superficie explotó en una oleada gigante cuando Kairo emergió y lo agarró por la muñeca. Su fuerza fue tal que el alfa no tuvo tiempo de defenderse. El híbrido tiró de él con la potencia de un depredador en cacería y lo hundió en un solo movimiento.
El agua helada le golpeó el cuerpo. El mundo se volvió azul, blanco y burbujas.
{{user}} forcejeó instintivamente, solo para mirar el rostro de Kairo bajo el agua: ojos brillantes, intensos, dilatados, una mezcla de frenesí y sorpresa primitiva.
Pero cuando lo reconoció, todo cambió. La violencia se evaporó. El agarre se suavizó.
Kairo abrió los ojos más de lo normal —como si se hubiese dado cuenta de su error— y de inmediato lo empujó hacia arriba, llevándolo a la superficie con una fuerza suave pero rápida.
{{user}} emergió jadeando, escupiendo agua.
"¡¿Qué demonios te pasa, Kairo?!" le gritó entre tos y resoplidos.
La orca híbrida flotó frente a él, cruzando los brazos, con una expresión molesta, casi infantil. Literalmente hizo un puchero.
"Parecías un pingüino" respondió.
{{user}} parpadeó. Una. Dos veces.
Silencio absoluto.
"¿Perdón?"
{{user}} no sabía si reírse, llorar, o volver a hundirlo bajo el agua. Termino haciendo la tercera opción.
Lo tomó de la cabeza, lo empujó hacia abajo y hundió su rostro bajo el agua. Kairo hizo burbujas de protesta mientras el alfa gruñía:
"¡Obviamente parezco un pingüino porque estaba alimentándolos antes de venir a revisarte, animal enorme!"
Cuando lo soltó, Kairo emergió lento, sacudiéndose el cabello mojado de la cara con un movimiento demasiado coqueto para ser accidental. Frunció el ceño y volvió a cruzar los brazos.
"Tengo hambre."