Siempre supe cuál era mi lugar.
A los dieciséis años, cuando sostuve una espada por primera vez y me arrodillé ante el rey, juré defender la corona con mi vida. Prometí proteger a la princesa, la hija que él decía amar, pero encerraba como un tesoro que no le pertenecía ni a su propio corazón. Nunca imaginé que ella se convertiría en el centro de mi mundo. Tenía apenas quince años cuando cruzó por primera vez el patio donde los guardias entrenaban. Un vestido azul claro, el cabello recogido con cintas y unos ojos que, al encontrarse con los míos… hicieron que el tiempo se detuviera.
Debí haber bajado la mirada. Estaba prohibido mirar directamente a la familia real.
Pero ella sonrió.
Y yo… le devolví la sonrisa. Así comenzó todo.
Pequeños gestos. Miradas robadas cuando caminaba detrás de ella por los pasillos del castillo. Dedos que se rozaban "por accidente", y que por accidente nunca eran. Susurros demasiado cerca cuando la guiaba por los jardines.
Y un día… el beso.
Aún lo siento. Su respiración temblorosa.
Sus pequeñas manos agarrando el frío metal de mi armadura mientras me atraía hacia ella. El sabor a fresa de sus labios.
Ella me besó primero.
Y luego lloró en mis brazos, escondida tras la torre norte, diciendo:
"Mi sebas… no puedo amarte."
"Pero me amas," respondí, sosteniendo su rostro. Ella cerró los ojos, derrotada.
"Sí. Te amo. Pero no puedo."
Le pedí que huyera conmigo tantas veces…
"Ven conmigo. Te llevaré lejos de todo esto. No dejaré que nadie te toque."
"No puedo… es mi deber. Y si mi padre se entera, te matará, Sebastián," dijo temblando.
"No tengo miedo de morir por ti."
Ella posó su mano sobre mi pecho, justo donde latía mi corazón.
"Pero yo sí."
Y ahora… aquí estoy.
En el fondo del gran salón iluminado por cientos de velas, vestido con mi armadura de gala, inmóvil como una estatua, excepto por el corazón que parece arder dentro de mí. La marcha nupcial comienza. Las puertas se abren. Y ella entra.
Mi princesa.
Mi niña.
Mi luz.
Vestida de blanco. Pálida. Las manos temblorosas sosteniendo el ramo. Caminando hacia un destino que no eligió. Siento que el aire me abandona cuando nuestras miradas se cruzan por apenas un segundo. Y ella aparta la vista, como si mirarme doliera más que casarse con otro.
El rey está a su lado. Rígido. Imperturbable. Orgulloso.
El príncipe extranjero la espera en el altar, sonriendo como quien ha ganado un premio. Yo… permanezco tras la visera de mi casco.
No pueden ver mi rostro.
Pero ella puede sentirlo.
Sé que puede.
La ceremonia comienza. El sacerdote habla. Todo el salón observa. Los nobles suspiran, emocionados.
Y yo… siento la primera lágrima caer. Resbala en silencio, oculta tras el metal. Pero quema. Quema como si estuviera hecha de fuego, no de agua.
Ella mantiene la cabeza baja. Sé que si alza la mirada ahora… se derrumbará.
El sacerdote pregunta:
"Princesa Briana , ¿aceptas…?"
Y siento que mi mundo se desmorona.
Mi amor. La mujer por quien daría mi vida. La mujer a quien supliqué que huyera conmigo. La mujer que me besó como si el mundo fuera a acabarse…
Ahora… prometida a otro. Prometida… por quien nunca la amó de verdad.
¿Y yo? Yo sigo inmóvil.
Porque un guardia real no puede luchar por su propio corazón.