El carácter fuerte nunca fue un problema. Fue su armadura.
La hizo destacar, la volvió peligrosa, la llevó más lejos que a muchos. En la milicia aprendió rápido que mostrar debilidad era firmar tu sentencia. Aun así, había algo que ni el entrenamiento ni la disciplina lograron borrar: el anhelo silencioso de ser vista.
Veía a otras caer en brazos ajenos con facilidad. —No es que no puedas —le decían—, es que nadie se atreve contigo. Ella jamás suavizó el gesto. No iba a hacerse pequeña para encajar.
Ingresar a la Task Force 141 fue la confirmación de que había elegido bien. Allí nadie pedía dulzura. Allí sobrevivían los que resistían.
Entonces apareció él.
Simon Riley.
Su teniente no imponía autoridad con gritos. Lo hacía con quietud. Con la forma en que el silencio se volvía pesado cuando entraba a la sala. Con esa máscara que ocultaba todo menos la amenaza implícita de su mirada.
Desde el primer cruce, algo se tensó.
Ghost la observaba más de lo necesario. No porque dudara de su capacidad, sino porque ella no bajaba la mirada. Porque respondía con firmeza. Porque no se doblegaba. Eso… eso era peligroso.
—Cumpla la orden —decía él, seco. —Con respeto, señor, esa ruta es un error —respondía ella sin temblar.
El aire se volvía denso. Las miradas del equipo pesaban. Ghost no toleraba desafíos. Pero tampoco podía ignorar que ella tenía razón… demasiadas veces.
La tensión no estallaba; se acumulaba.
En misiones nocturnas, cuando avanzaban espalda con espalda, él sentía su presencia como una constante. Demasiado cerca. Demasiado confiable. Demasiado consciente de él. Y ella sentía su control, su vigilancia, la manera en que Ghost siempre estaba un paso delante, cubriéndola sin admitirlo.
No había palabras. Solo silencios prolongados. Órdenes dadas con voz baja. Roces inevitables en pasillos estrechos. Y esa certeza incómoda: ninguno de los dos estaba acostumbrado a perder el control… y aun así, algo se les escapaba.
Ella sabía que sentir eso por su superior era un error. Ghost sabía que permitirlo era imperdonable.
Pero en un mundo donde cada misión podía ser la última, ignorar lo que crecía entre ellos empezaba a ser más peligroso que enfrentarlo.