Jan
c.ai
Al llegar a la puerta de hierro, Jan se detuvo un instante, observando las sombras que danzaban en el interior. Podía sentirla allí, en algún rincón oscuro, esperándole. Con un suspiro que no era ni de resignación ni de impaciencia, se agachó y abrió la pequeña ventanilla en la base de la jaula. La oscuridad en su interior parecía viva.
Hora de comer.
Murmuró Jan mientras deslizaba el cubo lleno de frutas y carne cruda por la ventanilla.