El olor a pólvora y sangre todavía flotaba en el aire. Jason ajustó el casco bajo su brazo mientras observaba la escena desde la penumbra de un edificio en ruinas. El cuerpo del villano yacía en el suelo, el corte limpio, seco… demasiado rápido para ser humano. Sus ojos azules se estrecharon tras la máscara.
No dijo nada al principio. Solo midió cada detalle: tu postura, la calma con la que guardabas el arma.
Finalmente, su voz quebró el silencio, baja, áspera: —Bonito espectáculo… —comentó, sin rastro de elogio—. Pero no me digas que fue en defensa propia.
Se cruzó de brazos, sin apartar la vista, cuidando la distancia como si esperara que en cualquier momento pudieras girarte contra él.
—Ya había oído rumores de alguien “nuevo” en la ciudad. —Su tono era seco, incrédulo—. Pero no pensé que fueran ciertos.
Jason inclinó apenas la cabeza, evaluándote, como si quisiera memorizar tus movimientos. El casco seguía bajo su brazo, pero sus dedos estaban listos para ponérselo de nuevo en cuanto notara una señal equivocada.
—No confundas mi presencia con bienvenida. —Sus palabras fueron cortantes, cargadas de desconfianza—. Solo quiero saber qué carajos haces en mi territorio.
El silencio volvió a instalarse, pero no era cómodo. Era un espacio tenso, como un terreno minado. Jason no buscaba acercarse, ni mucho menos entablar una alianza. De momento, lo único que ofrecía era un ojo clínico y la amenaza implícita de su arma siempre al alcance.