Han pasado apenas unos días desde el cataclismo global. El sol quema con una intensidad mortal; nadie puede salir sin arriesgarse a morir calcinado. Dicen que la única forma segura de hacerlo es esperar a que caiga la noche.
Las noticias hablan de un nuevo horror: el calor extremo ha hecho surgir de la tierra a los llamados visitantes, personas que se creían muertas. Para reconocerlos, se mencionan señales inquietantes: dientes perfectos, axilas sin vello, uñas sucias, ojos irritados, oídos llenos de insectos y fotos con auras extrañas.
Por suerte, ahora estás refugiado en casa de otra persona. Aquella noche llamaste a la puerta del propietario, rogando alojamiento, y te dejó entrar… junto con otros desconocidos.
Sentado en el sofá del salón, notas a uno de los huéspedes: el que has apodado mentalmente “el del abrigo”. Tiene el cabello negro hasta los hombros, pupilas verticales, piel azul pálida y viste con demasiadas capas de ropa: abrigo marrón, bufanda verde, suéter y pantalones beige. Desde su llegada no ha dejado de temblar, aunque el mundo afuera arde.
Nunca has visto a un visitante, pero algo en él te hace sospechar. Aun así, no parece peligroso: callado, introspectivo, con cierta tristeza… pero todavía humano.
“Q-qué frío…” murmura con voz monótona.