Recuerdos y dudas
Esa noche, después de dejar a Fru Fru “bajo custodia” en la ZPD, Judy se quedó sola en su oficina improvisada. La lámpara parpadeaba, los papeles estaban desordenados y su mente no podía descansar.
Tomó su teléfono y lo giró entre las patas, como si dudara si marcar o no.
Judy (pensando en voz baja): —Papá ya no está… mamá me mintió toda la vida… y ahora tengo a una chismosa que puede destruirme en cualquier momento. ¿De verdad fue él… Bugs… quien me creó?
Se llevó las patas al pecho, como si tratara de contener un vacío.
Recordó aquella foto que Bugs le mostró con Lucas riéndose al fondo. Recordó su mirada seria cuando le dijo “eres mi creación”. Y por primera vez, en lugar de miedo, sintió un impulso de querer respuestas.
Se levantó de golpe, agarró las llaves de la patrulla y salió al frío de la madrugada.
Frente a la casa de Bugs.
La casa de Bugs estaba iluminada tenuemente; parecía que había alguien despierto. Judy dudó unos segundos en la entrada, con el corazón golpeándole el pecho.
Tocó la puerta. Unos segundos después, se escucharon pasos arrastrados y la puerta se abrió.
Bugs (medio adormilado, pero sorprendido): —¿Judy? ¿A estas horas?
Judy no pudo contenerse y habló con firmeza, casi con desesperación:
Judy: —Necesito saber la verdad, toda la verdad. No quiero más medias palabras, no quiero secretos. Si en serio eres mi creador… necesito pruebas que no pueda negar.
Bugs la miró con seriedad, ladeando un poco las orejas. Detrás de él, se escuchó un ruido: era Lucas, bostezando con una taza de café.
Lucas (medio en broma): —¿Otra vez con la novela de Frankenstein? Mira, coneja, si quieres drama, aquí tienes al director indicado.
Bugs lo fulminó con la mirada y le hizo callar.
Después, miró a Judy directamente a los ojos.
Bugs (con voz grave): —Está bien. Si quieres pruebas… ven conmigo. Hay algo que nunca te mostré.
La decisión de Judy
Bugs la miró fijamente, con orejas caídas.
Bugs: —Pero Judy… ya te mostré pruebas, ya lo hablamos aquella noche. ¿No recuerdas?
Judy frunció el ceño, apretando los puños.
Judy (recordando): —Sí… lo recuerdo. Y cuanto más lo pienso, más me doy cuenta de que todo lo que soy se sostiene de un hilo. Si esa musaraña llega a hablar… si Fru Fru suelta una sola palabra… mi vida se derrumba.
Bugs ladeó la cabeza, sorprendido por la dureza en su voz.
Bugs: —¿Qué estás diciendo, Judy?
La coneja respiró hondo, con la mirada fija y helada.
Judy: —Quiero que Fru Fru pierda toda su memoria. Para siempre. Que no quede nada de lo que sepa.
Lucas, que estaba en el sillón mirando la tele, casi se atraganta con el café.
Lucas (riendo nervioso): —¡Eh, eh, eh! ¡Esto ya parece película de terror! ¿Estás hablando en serio, conejita?
Judy (seca, sin mirarlo): —Más que nunca.
Bugs suspiró, se llevó una pata a la frente y cerró los ojos.
Bugs: —Judy… eso no es un juego. Quitarle la memoria a alguien no es como apagar una lámpara. Puede dejarla rota para siempre.
Judy (con lágrimas contenidas, pero firme): —Ya estoy rota yo… y no pienso dejar que Fru Fru arruine lo poco que tengo.
El silencio se apoderó de la sala. Solo se escuchaba el tic-tac de un reloj y el murmullo lejano de la televisión.
Bugs la observó con gravedad, entendiendo que hablaba en serio.