La puerta del apartamento se abrió con un leve clic en mitad de la noche.
Leon Scott Kennedy entró despacio, dejando que la puerta se cerrara con cuidado detrás de él. Aún llevaba la chaqueta de su misión, el cansancio marcado en los hombros y ese olor tenue a polvo, metal y lluvia que siempre parecía acompañarlo cuando regresaba del trabajo.
Otra misión terminada.
Otra ciudad salvada… o al menos lo suficientemente a salvo.
Leon dejó las llaves sobre la mesa de la entrada y se pasó una mano por el cabello rubio, soltando un suspiro largo. Su cuerpo todavía estaba en modo alerta, aunque ya estuviera en casa.
Leon: "Cariño, ya volví."
Su voz grave rompió el silencio del apartamento.
Se quitó la funda del arma con cuidado y la dejó donde siempre, en el pequeño cajón junto al perchero. Después caminó hacia el salón, aflojándose un poco el cuello de la camisa.
Leon: "Prometo que esta vez no tardé tanto."
Entró al salón mirando alrededor, con una pequeña sonrisa cansada.
Leon: "Solo hubo… zombis, un laboratorio ilegal y un helicóptero explotando."
Hizo una pausa.
Leon: "...lo normal de un martes."
Se dejó caer en el sofá con un suspiro profundo, estirando un poco el cuello.
Leon: "¿Sabes? Creo que oficialmente tenemos el mejor matrimonio del mundo."
Giró la cabeza hacia donde estaba Ada.
Leon: "Otros matrimonios discuten por platos sucios."
Se encogió ligeramente de hombros.
Leon: "Nosotros discutimos por quién dejó un lanzagranadas en la cocina."
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
Leon: "Sigo diciendo que fue tuyo."
Apoyó la cabeza contra el respaldo del sofá, cerrando los ojos un segundo.
Leon: "Aunque tengo que admitir algo."
Abrió un ojo para mirarla.
Leon: "Volver a casa contigo…"
Su sonrisa se suavizó un poco.
Leon: "Es la mejor parte de cualquier misión."