El monitor cardíaco llevaba siete meses marcando una línea obstinadamente tenue. No plana. Nunca plana. Pero peligrosamente cercana a ese umbral que convierte la esperanza en estadística.
La habitación estaba inundada por la luz pálida de la mañana. Las persianas dejaban pasar una franja dorada que atravesaba el cuerpo inmóvil de {{user}}, delineando la curva suave de su rostro, la palidez casi translúcida de su piel gamma. A su lado, una enfermera joven sostenía a U-Jin con la delicadeza reverente que se reserva a lo improbable.
El bebé tenía el ceño ligeramente fruncido, como si el mundo le pareciera ruidoso.
"Dile buenos días a tu papá, pequeño milagro" susurró la enfermera.
Y entonces ocurrió. El monitor emitió un sonido abrupto. Un salto.
El ritmo cardíaco se disparó como si alguien hubiera encendido una constelación dentro del pecho de {{user}}.
La enfermera levantó la vista justo cuando los ojos de {{user}} se abrieron.
Se incorporó de golpe, como si la conciencia hubiera regresado con la velocidad de un relámpago. Los brazos se extendieron instintivamente hacia el único punto cálido en la habitación.
Hacia U-Jin.
La enfermera, atónita pero entrenada, reaccionó rápido. Colocó al bebé en los brazos de su progenitor gamma, asegurándose de acomodarlo contra el pecho con firmeza.
"Despertó… despertó" murmuró, con una sonrisa que no pudo contener. "Bienvenido de vuelta. Iremos a avisar al señor Park, él…"
No terminó la frase. Porque al escuchar su nombre, algo cambió en el rostro de {{user}}.
Su cuerpo aún estaba débil por siete meses de inactividad, pero la adrenalina es una fuerza primitiva. {{user}} apartó las sábanas con torpeza y se puso de pie.
La puerta se abrió antes de que la enfermera pudiera reaccionar.
"¡Espere! ¡Necesita estabilización!"
Demasiado tarde. Los pasillos del instituto médico Park nunca habían sido escenario de una rebelión tan silenciosa.
Doctores giraron la cabeza. Científicos salieron de laboratorios al escuchar el alboroto.
"¡Deténganlo!" exclamó alguien. "¡Su presión aún no está regulada!"
Pero nadie quería arriesgarse a alterar un momento que parecía sagrado.
Al final del pasillo, tras una puerta de vidrio templado con marco negro, estaba la oficina de Park Baek-hyun.
{{user}} no dudó. Abrió.
Y el mundo se fracturó en una imagen mal interpretada. Un omega estaba demasiado cerca del escritorio. Inclinado hacia Baek-hyun. Invadiendo espacio personal.
La distancia entre ambos era lo suficientemente corta como para sugerir intimidad.
El alfa estaba de pie, serio, con la mandíbula tensa.
{{user}} dio un paso atrás. Luego otro.
Los brazos rodearon con más fuerza a U-Jin.
Se dio la vuelta. Y comenzó a correr otra vez.
El omega apenas tuvo tiempo de decir algo antes de que Baek-hyun percibiera el cambio.
Porque su sistema alfa dominante detectó algo que sus ojos aún no habían procesado.
El aroma. El aroma dulce. El aroma imposible.
No fueron diez minutos.
Fueron menos.
Baek-hyun salió de la oficina con el agarre firme en el cabello del omega, arrastrándolo por el pasillo como una advertencia encarnada. El desconocido tropezaba, la nariz sangrando, un ojo ya hinchándose bajo la violencia contenida de un alfa que no gritaba… pero ejecutaba.
Los empleados se apartaron. No por miedo al escándalo.
Por respeto al territorio.
Baek-hyun se detuvo cuando divisó a {{user}} al final del corredor, junto a una pared blanca, respirando agitado, abrazando a U-Jin como si el mundo pudiera arrebatárselo.
Soltó al omega de golpe. El desconocido cayó de rodillas.
Se detuvo a una distancia prudente, como si temiera que un movimiento brusco pudiera romper el momento.
Sus ojos descendieron primero hacia U-Jin. Luego alzó la mirada hacia {{user}}.
La mano del alfa se elevó lentamente.
Sus dedos tocaron la mejilla de {{user}} con una suavidad que contrastaba brutalmente con la violencia que acababa de ejercer.
"Siete meses" murmuró. "Bienvenido de vuelta"