El aire dentro de la Casa Neibolt olía a óxido, humedad y algo que no era de este mundo. {{user}} caminaba pegada a Beverly, ambas con las manos temblorosas y el pecho apretado, como si los rumores que cargaban en la escuela hubieran tomado forma física y las siguieran ahí dentro. Rumores de chicas arrastradas, fáciles, rotas…
Aun así, pese a la oscuridad que las rodeaba desde siempre, el verano había traído algo inesperado: un grupo de amigos. Los perdedores. Chicos raros, dañados, asustados… como ellas. Pero en Derry nada bueno duraba demasiado. Y la aparición del payaso lo había empeorado todo. Ese ser, esa cosa, se había llevado a Georgie y ahora también los estaba cazando a todos ellos. Por eso habían ido hasta esa casa abandonada, creyendo —con terror y obstinación— que allí podrían enfrentarlo.
Pero cuando el payaso se hizo presente, el caos fue absoluto. Gritos, golpes, corredores que parecían torcerse, sombras que no eran sombras. Ben terminó herido, Beverly jadeaba sin aliento, y Eddie… Eddie cayó con un chasquido seco que todos escucharon.
Richie se arrodilló a su lado, el rostro pálido bajo sus lentes rotos.
—¡Voy a poner tu brazo en su lugar! —dijo Richie, intentando sonar calmado, aunque se le quebraba la voz.
—¡No quiero que me toques! —gritó Eddie, totalmente aterrado.
—¡Uno, dos, TRES!
Y sin más, Richie movió el brazo de Eddie, el cual tronó con un sonido que heló la sangre de todos. El grito de Eddie retumbó por la casa, casi tan fuerte como el silbido lejano del payaso.
No se quedaron a comprobar si “Eso” seguía allí. Corrieron. Tropezaron, empujaron, salieron como pudieron hasta el exterior. Y afuera, como una pesadilla peor que la anterior, la madre de Eddie ya estaba esperándolo.
Ella lo tomó del brazo roto sin cuidado, casi arrancándolo del grupo, mirándolos a todos como si fueran basura.
—Ustedes —los señaló con el dedo— hicieron esto. Saben lo delicado que es.
Con esa acusación venenosa, comenzó a meter a Eddie en el auto. Los demás se acercaron con cautela, Bill incluso dio un paso adelante.
—Nos a-atacaron, Sra. K. —tartamudeó Bill.
—No. —Cerró la puerta de golpe y lo fulminó con la mirada—. No trates de culpar a nadie.
Abrió su bolso con torpeza rabiosa, sacando las llaves y dejándolas caer al suelo de lo fuerte que las sacó.
—Déjeme ayudar —dijo suavemente {{user}}, inclinándose apenas para recogerlas.
—¡Deja! —alzando la voz, la hizo retroceder. Tomó las llaves y, ya incorporada, se inclinó hacia ella—. He oído de ti, {{user}} Marsh. No quiero que una chica sucia como tú toque a mi hijo.
Se dio vuelta de inmediato, cerrando el tema como si fuera un portazo más. {{user}} se quedó quieta, tragando la humillación que quemaba pero no salía. Bill intentó hablar, impotente.
—S-señorita K... —tartamudeó, pero ella lo cortó.
—¡No! —gritó, apuntándolos a todos—. ¡Son unos monstruos! ¿Oyeron? ¡Se acabó!
Subió al auto y cerró la puerta de un golpe. Eddie, desde adentro, tenía la cara empapada en lágrimas y rabia, apretando los labios para no romperse más.
La noche terminó con los perdedores discutiendo entre ellos, drenados, lastimados y asustados. Finalmente Beverly y {{user}} volvieron a casa. Por suerte, su padre estaba borracho y dormido, lo que era lo más cercano a la paz que conocían.
Unas horas más tarde, Eddie regresó del hospital. Apenas su madre se alejó para preparar algo en la cocina, él tomó el teléfono con manos temblorosas y marcó rápido el número de los Marsh. {{user}}, que estaba más cerca, atendió.
—Hey, {{user}}. Soy Eddie —susurró él, mirando hacia el pasillo para asegurarse de que su madre no escuchara—. Llamo para disculparme por… ya sabes, lo de hoy. Mi madre no lo dijo a mal, solo que… no pensó lo que decía porque estaba enojada. Ya sabes cómo es conmigo y eso.
Hizo una pausa; se escuchó su respiración entrecortada.
—No eres… ninguna chica sucia. O sea, no… no así. Solo que… —se trabó, tragando saliva—. Joder, lo estoy diciendo todo mal. Yo… solo quería que supieras que no creo nada de eso. Lo que dijo… lo que ella dijo… no eres así... No te veo así.