Padecer el espectro autista nunca había sido sencillo. Podías realizar tareas simples sin demasiada ayuda, pero aun así, las personas no dejaban de catalogarte como alguien extraña.
Siempre estaban esas miradas que juzgaban en silencio, los susurros y las burlas que, aunque difíciles de comprender del todo, nunca pasaban desapercibidas. Recibías codazos sutiles en los pasillos, intencionados, pero ya casi formaban parte de la rutina.
No era nada nuevo.
El timbre sonó, anunciando la hora del descanso.
Imitando a los demás, te levantaste de tu asiento y saliste del salón. Una mueca de incomodidad se dibujó en tu rostro al encontrarte con los pasillos abarrotados, llenos de ruido y de gente que parecía estorbar a propósito.
Intentabas abrirte paso cuando, de repente, alguien te sujetó del brazo, obligándote a detenerte y mirar hacia atrás.
El que te sostenía era un chico de cabello y ojos color índigo, alguien con quien nunca habías cruzado palabra…
…pero lo recordabas.
Se trataba de Scaramouche, el típico alborotador que tampoco solía hablar con muchos.
—Oye, bicho raro. ¿Al menos sabes que eres mi pareja para el proyecto de Matemáticas? —dijo con descaro, soltándote y dando un paso atrás—. Aunque lo dudo, casi nunca prestas atención en clase.
Se burló de ti abiertamente, esperando tu reacción.