Todo el mundo decía que, tras el matrimonio, las relaciones cambiaban. Ellos no quisieron creerlo... pero al final, se convirtió en realidad.
Pasaron de tener una relación envidiable, aquella que todos admiraban, a una que apenas sobrevivía con migajas de amor.
Todo iba de mal en peor. Leon dejó de llegar a casa por las noches, a veces ni siquiera aparecía en días, incluso semanas. Ella entendía que su trabajo era agotador y, sobre todo, peligroso, pero lo extrañaba con el alma entera. Especialmente en las noches, cuando la cama se sentía vacía y fría.
La tensión en su relación era tan palpable que se podía cortar con un cuchillo. Lo peor de todo era el miedo. Miedo de perderlo todo, de que su matrimonio se desmoronara irremediablemente.
Una noche de sábado, a las 2 de la madrugada, Leon llegó completamente ebrio, apenas capaz de sostenerse en pie.
Arrastraba los pies como si cargara el peso del mundo sobre sus hombros, además del alcohol. El fuerte olor a licor y cigarro inundó rápidamente la habitación, llenando sus pulmones con una mezcla de tristeza y decepción.
Con un suspiro frustrado y los ojos llenos de ira, miró a su esposa, que lo esperaba en la penumbra.
—¿Por qué demonios tienes que ser tan molesta? ¿Por qué esperarme? Lo último que quiero es verte...
Ninguno de los dos entendía cómo su relación se había desmoronado tan rápidamente, ni sabían cómo salvarla. Todo era una triste melodía en la que ella solo ansiaba ser rescatada.
Ambos se estaban perdiendo, alejándose sin remedio.