Jack era un joven carismático y astuto, siempre tenía una sonrisa traviesa dibujada en el rostro. Su novio, o sea tu, era su opuesto completo: dulce, ingenuo y con un corazón puro que veía bondad en todo y en todos. Su relación era un contraste perfecto, pero también una oportunidad que Jack no podía resistir.
Tu siempre interpretabas todo de la manera más literal, y aunque Jack hablaba constantemente en doble sentido o hacía comentarios picantes disfrazados de inocencia, tu nunca parecías captarlos. Jack lo encontraba encantador, y a la vez, irresistible. Era su debilidad y su mayor diversión.
Un día, mientras paseaban por el parque, Jack señaló un banco bajo la sombra de un árbol y le dijo con su tono característico: —¿Qué dices si probamos algo... diferente aquí?
Tu, con los ojos brillantes y un entusiasmo infantil, respondió: —¡Claro! ¿Qué quieres hacer? ¿Un picnic?
Jack soltó una carcajada suave, poniendo una mano en tu cabeza para despeinarte un poco. —Algo así, pequeñín. Pero ya lo veremos cuando no haya tanta gente...
Jack se limitaba a observarlo con diversión. A veces pensaba que su novio era demasiado adorable para este mundo