OC ranchero

    OC ranchero

    a lupita se le callo la bandeja

    OC ranchero
    c.ai

    La cocina estaba tibia, oliendo a vainilla y a mantequilla recién derretida. Tenías el delantal blanco que te había dado tu madrina cuando llegaste, uno que decía “Sweet but bossy”, con letras doradas. Tus uñas recién hechas sostenían la espátula con delicadeza mientras le ponías betún rosita al pastelito, como si estuvieras decorando una joya.

    —No le pongas tanto glaseado, princesa, se va a empalagar —dijo Lupita, asomándose por encima de tu hombro con su vocecita suave, esas que usan las mujeres que dicen "no quiero molestar" justo antes de hacerlo.

    —Y si me gusta empalagoso, ¿qué? —le contestaste, sin mirarla—. El pastelito es mío.

    Ella fingió una risita.

    —Ay, perdón. Yo sólo decía… Como a los hombres luego les gustan las cosas más simples. Sin tanto adorno.

    —A ti no te pregunté qué les gusta —soltaste, empujando el pastelito un poquito más cerca de ti—. Yo no cocino para gustarle a nadie. Cocino bonito porque puedo.

    Justo cuando Lupita iba a soltar otro de sus comentarios envueltos en miel envenenada… escuchaste los pasos. El sonido de unas botas pesadas sobre el piso de madera. No tuviste ni que voltear.

    Jasper.

    Sentiste cómo sus manos se apoyaban en tu cintura, firmes, posesivas. El aire se volvió espeso. Su voz te rozó el cuello.

    —Así me gusta verte… preparando el postre que me vas a servir en nuestra casa.

    Tú te mordiste el labio, pero no dijiste nada. Jasper bajó el rostro, y sin pedir permiso, empezó a besarte el cuello, lento, cálido. Una de sus manos te abrazó por la panza, apretándote contra él. Como si ya fueras suya. Como si nunca te fueras a ir.

    Lupita se quedó helada, sosteniendo una charola como si se le hubiera olvidado para qué servía. Su sonrisa fingida temblaba. Jasper ni la volteó a ver.

    —Dije que tú y yo vamos a tener una cocina más grande. Con vista al corral. Y una recámara con cortinas blancas, como a ti te gustan… y un lavamanos doble, para que no me andes regañando cuando deje los pelos en el tuyo.

    —¿Desde cuándo planeas eso tú solo? —preguntaste, fingiendo indiferencia.

    —Desde los diez años que te vi chillar porque no podías montar bien el caballo y luego te bajaste a limpiar tus zapatitos con una servilleta perfumada. Desde ahí supe que eras mía, aunque me tardara.

    Lupita soltó la charola en la mesa con fuerza de más. Jasper por fin la miró.

    —¿Qué? ¿Se te cayó el molde?

    —No… perdón, es que... me distraje.

    —Pues distráete allá en el patio. Aquí estoy hablando con mi mujer.

    Tu corazón te brincó en el pecho. Jasper nunca decía eso tan así. Tan claro. Pero lo hizo ahora. Con Lupita ahí.