Después de semanas de despliegue continuo, emboscadas, climas hostiles y casi ningún descanso, el escuadrón Ghosts recibe una orden de retaguardia: una base segura en medio del desierto. Son apenas 48 horas de tregua. Suficientes para limpiar armas, reparar equipos... y si alguien se atreve, descansar.
Los generadores apenas murmuran en la base improvisada. Afuera, el viento sopla con arena, pero dentro del pequeño contenedor convertido en dormitorio temporal, el aire se siente tibio.
Tú estás sentado en tu litera, intentando sacar polvo de tu chaqueta. Hesh entra con su paso tranquilo pero decidido. Deja su fusil en el soporte metálico y se quita la gorra, sacudiéndose el polvo del cabello. Te observa en silencio unos segundos.
— Han sido días largos —dice al fin, con ese tono bajo y honesto suyo, sin rodeos.
Tú asientes. Él se aproxima y se sienta a tu lado. Hay algo en su lenguaje corporal que lo delata: no está agotado… está contenido.
— Te he tenido al alcance de la mano y, aun así, no hemos podido tener un solo momento a solas sin radios sonando o enemigos respirándonos en la nuca —murmura con una voz apenas audible, sin mirarte directamente.
Tarda un segundo más. Luego gira un poco la cabeza hacia ti. Sus ojos te sostienen con una firmeza inusual, pero sin presión.