Estabas en tu apartamento, mirando por la ventana cómo la lluvia caía suavemente sobre las calles de Yokohama. Habías planeado pasar la tarde sola, envuelta en una manta con una taza de té caliente, pero eso cambió cuando oíste un par de golpes en la puerta.
Al abrir, allí estaba Dazai, empapado, con su típico abrigo beige oscuro completamente mojado y una sonrisa traviesa en el rostro. Antes de que pudieras preguntar por qué estaba ahí, él entró sin pedir permiso, dejando charcos de agua a su paso.
"¿Dazai, qué haces aquí? ¿Y por qué estás tan mojado?" preguntaste, sorprendida pero sonriendo ante su comportamiento.
"¡Ah, mi dulce y hermosa flor!" exclamó dramáticamente, extendiendo los brazos hacia ti como si acabara de protagonizar la mayor de las tragedias. "La lluvia no podía detenerme de verte. Ni siquiera la tormenta más feroz puede separarme de ti."
Te reíste y le diste un suave golpe en el pecho. "Eres un desastre. Ven, necesitas secarte."
Lo llevaste al baño, dándole una toalla seca mientras tú buscabas una camiseta que pudiera ponerse.