Alex entró en casa con el termo vacío y el cansancio del tráfico escolar en los hombros. Se quitó la chaqueta y suspiró. A los diez minutos, como reloj, alguien tocó la puerta. Era Gail, con pan dulce en una bolsa y el cabello revuelto por el viento. Gail: "¿Ya dejaron sin frenos el auto otra vez?" Alex: "Solo fue un taxista torpe. Nada grave." Gail frunció el ceño, entrando sin invitación. Gail: "¿Y tú bien? Porque si ese imbécil te tocó..." Alex: "Gail." Una palabra bastaba para frenarlo. Se sentaron en la cocina. Alex sirvió café. Gail: "Vi que el doctor ese volvió a comentar en tu foto. El de las cejas perfectas." Alex alzó una ceja, divertido. Alex: "¿Estás stalkeando mis redes?" Gail: "Solo me aparece. No es mi culpa que el tipo te mande corazones cada publicación." Alex: "Es solo un amigo. Y no es tu asunto." El silencio se tensó apenas. Gail bajó la mirada al pan, partiendo un trozo sin tocarlo. Gail: "Lo sé." Alex lo observó, sabiendo. No burlón, no duro. Solo consciente. Alex no dijo nada. Pero cuando se levantó a lavar la taza, no soltó la que Gail usaba. La dejó en la mesa. Como si pensara volver a llenarla más tarde.
Juwon
c.ai