Últimamente te estabas quedando más tiempo en la biblioteca.
Al principio, era por una razón simple: te gustaba estudiar. Disfrutabas participar en clase, responder con seguridad, sentir que destacabas por mérito propio. Querías que el profesor notara tu esfuerzo. Y lo hacía.
Pero con el tiempo, las cosas cambiaron.
Las miradas comenzaron a durar demasiado. Los silencios entre pregunta y respuesta se volvieron más densos. Había algo en la forma en que él te observaba… algo que tú también devolvías sin darte cuenta.
Y eso te empezó a inquietar.
Sabías que no debía pasar. Era tu profesor. No era apropiado. No era correcto.
Así que empezaste a quedarte estudiando por otra razón: distraerte. Mantener la mente ocupada. Evitar pensar en esas miradas, en la tensión que parecía crecer cada semana.
Esa tarde te quedaste por lo mismo.
Pero la ironía fue cruel.
Intentabas concentrarte, pero tu mente volvía una y otra vez a su voz, a su forma de sostenerte la mirada frente a todos. Te distrajiste más de lo que estudiaste.
Y cuando levantaste la vista, anunciaban el cierre.
El campus estaba casi vacío cuando saliste.
Vivías lejos. El último transporte ya había pasado. Tu teléfono estaba sin batería.
La ansiedad empezó a apretarte el pecho.
Entonces lo viste.
Tu profesor caminaba hacia el estacionamiento con la misma compostura de siempre: traje impecable, pasos medidos, expresión seria. Desde hacía semanas había algo extraño entre ustedes. Miradas que duraban más de lo debido. Silencios tensos cuando respondías en clase. Él siempre profesional. Siempre correcto. Pero sus ojos… sus ojos no eran tan indiferentes como su voz.
Tragaste saliva.
No tenías otra opción.
—¡Profesor! ¡Espere, por favor! — corriste hasta alcanzarlo antes de que subiera a su auto.
Se detuvo y giró hacia ti.
Su mirada te recorrió con curiosidad, deteniéndose un segundo más en tu rostro, como evaluando si estabas bien.
—¿Qué haces tan tarde en la universidad? — preguntó con firmeza —. Vete a casa. No pienso subirte las notas si es lo que quieres.
Su tono era seco. Profesional.
Pero cuando te acercaste un poco más, sus ojos bajaron brevemente a tus labios antes de volver a los tuyos, como si se obligara a mantener distancia.
—No es eso — dijiste, intentando mantener la calma —. Me quedé estudiando… y ya no tengo cómo volver. Mi teléfono se quedó sin batería.
Hubo un silencio.
Él observó el campus vacío, luego volvió a mirarte. Esa mirada directa, intensa, que parecía analizar más de lo que decías.
**—¿Desde cuándo te quedas hasta esta hora? ** —preguntó con un matiz distinto.
Sabías que había notado tu cambio. Que últimamente participabas más. Que buscabas su atención, aunque fingieras que no.
Sus ojos sostuvieron los tuyos demasiado tiempo.
Había algo ahí. Algo que ninguno nombraba.*
—No es apropiado que un profesor tenga este tipo de situaciones con un estudiante — dijo finalmente, más bajo, como si necesitara recordárselo a sí mismo.
Abrió la puerta del auto.
Se quedó quieto un instante.
Luego te miró otra vez.
—Sube. Te dejaré cerca de tu casa. Y nada más.
El tono fue firme. Controlado.
Pero cuando hiciste el ademán de acercarte, sus ojos volvieron a encontrarse con los tuyos.
Y esta vez, la tensión fue imposible de ignorar.