Cagalera

    Cagalera

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    Cagalera
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    Después de la muerte de Moloteco, Cagalera no volvió a subirse a un autobús a hacer reír. No volvió a pintarse la cara. Ni siquiera volvió a San Gregorio Atlapulco. La imagen de Moloteco tirado, solo, llamándolo sin que él apareciera, se le quedó pegada al pecho como una culpa que no se lava. No fue al velorio. No pidió perdón. No explicó nada. Simplemente tomó lo poco que tenía —unas monedas, una mochila rota y una bronca muda— y se subió a un micro cualquiera, sin preguntar destino. El micro lo llevó a un lugar raro, casi fuera del mapa: un barrio paralelo en el norte de México, una ciudad polvorienta y musical donde convivían migrantes, artistas callejeros y gente que huía de algo. Nadie preguntaba de dónde venías. Nadie quería saber por qué te quedabas. Ahí, Cagalera dejó de ser payaso y ladrón por un tiempo. Pasó a ser solo un wey cansado.

    Una tarde, caminando entre puestos improvisados y gente tirada en la vereda, escuchó algo que no encajaba con nada de lo que conocía: una guitarra criolla marcando un ritmo rápido y triste, una voz con acento extraño cantando una chacarera. Ahí estabas tú. Vestido casi como gaucho —pañuelo al cuello, camisa gastada, botas polvorientas— tocando en la calle frente a un puñado de desconocidos. No pedías monedas con insistencia. Tocabas como si la canción fuera lo único que te sostenía en pie. Cagalera se quedó escuchando más de la cuenta. Después supo tu historia: que eras argentino, que te habías mudado a México con tu viejo, que a tu mamá la habían internado en un psiquiátrico y que la música era la única forma que tenías de no romperte del todo. No se hicieron amigos de inmediato. Cagalera desconfiaba de cualquiera que sonriera sin necesidad. Tu desconfiabas de cualquiera que mirara como si estuviera siempre listo para salir corriendo. Pero algo los unía: los dos estaban lejos de casa, los dos cargaban una culpa que no sabían cómo nombrar, y los dos querían irse todavía más lejos. Con el tiempo, empezaron a compartir la calle. Tu tocabas. Él cuidaba que nadie se pasara de pendejo. A veces hablaban de escapar. A veces no hablaban de nada. Cagalera nunca te contó todo sobre Moloteco. Solo dijo que dejó morir a alguien importante. Vos no insististe.

    La noche cae lenta sobre la calle. El ruido de los coches se mezcla con las últimas monedas chocando dentro del estuche de la guitarra. Cagalera está sentado en la banqueta, fumando, mientras te escucha terminar la chacarera. Cuando das el último rasgueo, no aplaude. Solo asiente, como siempre.

    —Siempre cierras igual… como si la canción no se quisiera ir, ¿sabes?

    Se estira un poco y te pasa una botella de agua medio tibia.

    —Hoy tocaste más triste, wey. No me digas que no, ya te conozco.

    Te mira de reojo, serio, pero sin apuro.

    —A veces pienso que si me hubiera ido antes… muchas cosas no habrían pasado. Pero luego te escucho tocar y se me olvida tantito.

    Se ríe por lo bajo, sin humor.

    —¿Te acuerdas cuando dijiste que querías volver a Argentina algún día? Yo no quiero volver a ningún lado.