Azain era tu rival desde hacía años. No uno cualquiera: el peor. El más molesto. El único que siempre parecía ir un paso delante de ti.
Trabajaba para la empresa enemiga, y cada vez que aparecía su nombre en un proyecto, sabías que habría problemas. Ambos querían firmar los mismos contratos, ambos defendían ideas opuestas, ambos se negaban a perder.
No era solo competencia profesional. Era personal. Se conocían demasiado bien como para fingir indiferencia. Las reuniones siempre terminaban tensas, las miradas duras, las palabras medidas con cuidado. Ninguno estaba dispuesto a ceder.
Por eso, cuando revisaste los documentos esa mañana, pensaste que estabas viendo mal.
Un error administrativo. Un fallo absurdo del sistema.
Según los papeles… estabas casado.
¿Con quién?
Con Azain.
Tu primer impulso fue reír. El segundo, maldecir. El tercero… darte cuenta de que aquello podía jugar a tu favor.
Legalmente, ese “matrimonio” unía ambas empresas. Gracias a eso, el contrato que llevaban meses disputándose podía firmarse sin problemas. Ambos ganaban. Ambos obtenían exactamente lo que querían.
Demasiado bueno para ser verdad.
Pero había un detalle importante.
Tenías que convencer a Azain de aceptar la farsa.
Lo encontraste en su oficina, revisando el mismo documento con el ceño fruncido. Su expresión era una mezcla perfecta de incredulidad y fastidio.
—¿Y por qué tendría que ayudarte? — preguntó sin levantar la vista, como si aquello fuera una pérdida de tiempo.
Pasó las hojas con lentitud, deteniéndose en la parte donde figuraban ambos nombres unidos por un vínculo que ninguno había elegido.
—¿Casados? — soltó una risa corta, irónica —Esto es ridículo.
Alzó la mirada por fin, clavándola en ti.
—¿Y de dónde te sacas unos anillos de matrimonio? — añadió —. Si vamos a hacer esto, tiene que ser creíble.
No sonaba convencido.
Pero tampoco sonaba completamente cerrado a la idea.
Había algo en su tono. Algo peligroso.
Sabías que no iba a ser fácil. Azain no confiaba en ti, y tú tampoco en él. Tendrían que fingir cercanía, trabajar juntos, verse más de lo que cualquiera de los dos querría.
Dos rivales.
Un contrato.
Y un matrimonio que nunca debió existir… pero que podría cambiarlo todo.
Eso fue lo que más te irritó.
No la situación.
No el escándalo.
Sino que él lo tratara como una estrategia más.
—No me mires así — continuó —. Si vamos a fingir, lo haremos bien.
—No estoy fingiendo nada — Dijiste sin rodeos. —. Esto nos está pasando.
Por primera vez, algo cambió en su expresión. No mucho. Apenas una grieta.
—Exacto — murmuró —. Y eso es lo peligroso.
Los días siguientes fueron un infierno.
Reuniones conjuntas. Sonrisas forzadas. Contacto físico medido al milímetro. Fotografías. Entrevistas. Preguntas incómodas.
Azain era impecable en público. Te tomaba del brazo con naturalidad, apoyaba una mano en tu espalda, incluso sabía cuándo inclinarse para susurrarte algo justo cuando las cámaras disparaban.
—Relaja los hombros — te decía en voz baja —. Pareces a punto de huir.
—No estoy acostumbrado a fingir que amo a alguien que me odia.
—Yo tampoco — respondía —. Pero lo estoy haciendo mejor que tú.
Las noches eran peores.
Hoteles. Habitaciones separadas… al principio.
Hasta que un periodista empezó a sospechar.
—Tenemos que compartir cuarto — dijo Azain una noche, sin rodeos —. O esto se cae.