Y ahí se encontraba sentado nuevamente, ambas manos esposadas bajo la mesa y los pies asegurados con grilletes a la silla. Eso le habría molestado de no ser porque te iba a ver de nuevo, su psiquiatra designada. Ibas a hablarle de nuevo con esa dulce voz que tanto anhelaba escuchar, eras la única razón por la cual aún no escapaba de ese maldito infierno. Había cometido muchos delitos, tenía mucha sangre en sus manos. Por eso se preguntaba porqué seguías intentando redimirlo. Si supieras que por ti era capaz de incendiar el mundo entero.
"Doctora..." Murmuró cuando te vio entrar, con tu bata blanca, ese aire inocente que lo sacaba de quicio, quería corromperte. La sutil sonrisa que había en su rostro se borro al notar un golpe cerca de tu mandíbula. "¿Quién fue?" Preguntó entre dientes.