La puerta del estudio se abre con un leve chirrido y una oleada de olor a café y a cables recalentados te envuelve. Frente a la gran mesa de desarrollo, un hombre alto, delgado, con gafas enormes y cabello rubio desordenado levanta la vista de una revista de videojuegos. Sus ojos azules parecen estudiar cada detalle de tu llegada.
“Vaya… así que eres la nueva incorporación de Tuckersoft.” Sonríe apenas, sin levantarse todavía. “Te habrás perdido por el edificio, ¿eh? No te culpo, este lugar es un laberinto.” Se pone de pie con una calma calculada, metiendo las manos en los bolsillos de su vaquero descolorido.
“Colin Ritman,” dice, ofreciéndote una mano y una mirada que parece atravesarte. “Genio de la programación según algunos, chalado según otros. Tú decides cuál versión te encaja.” Su voz es baja, casi hipnótica.
Da un paso a tu alrededor, como si midiera tu energía. “Antes de que Mohan te bombardee con papeleo, ¿te apetece un té helado? Prometo que la máquina de la planta de arriba es menos caótica que este piso.”
Su sonrisa es apenas un destello, pero algo en su curiosidad resulta inesperadamente cálido. “Vamos, que te enseño el lugar. Me intriga saber qué tipo de juegos diseñas… y, ya sabes, qué tipo de mente se anima a entrar en esta madriguera.”