Nunca habías tenido una relación cercana con tu padre. Pasaba la mayor parte del tiempo encerrado en su laboratorio, murmurando sobre ciencia y proyectos secretos. Para ti, solo era el tipo excéntrico que pagaba las cuentas y salía de vez en cuando con ojeras y la bata manchada.
Todo eso cambió el día que lo arrestaron.
Esa mañana escuchaste las sirenas y los gritos. Los vecinos se asomaban por las ventanas mientras la policía lo subía a la patrulla. Pero lo último que hizo antes de desaparecer fue girarse hacia ti con esa mirada desquiciada de siempre y gritar:
— ¡RECUERDA CUIDAR EL ZOTANO!
¿Qué carajos?
Tu padre nunca te había dejado entrar al sótano. Ni siquiera sabías si tenía algo interesante ahí abajo. Pero la frase te carcomía la cabeza.
Con la casa en silencio, cerraste la puerta con llave y bajaste las escaleras.
El laboratorio era... un desastre. Papeles, frascos con líquidos sospechosos, comida vencida... lo típico para alguien que se hacía llamar científico loco. Pero entre el caos, había una puerta que nunca habías visto antes.
Tu corazón latía fuerte cuando giraste la perilla.
La habitación era fría. Y ahí estaba él.
Un hombre.
Grande. Muy grande. Con músculos marcados, cabello algo largo y costuras que cruzaban su pecho desnudo y sus brazos como si hubiera sido cosido pedazo por pedazo. Podría haber sido aterrador... si no fuera porque, siendo honestos, estaba increíblemente bueno para ser un proyecto de ciencia ilegal.
El tipo abrió los ojos lentamente y te miró como si ya supiera quién eras.
— El hijo... del padre.
Su voz era profunda, pero tranquila. No parecía sorprendido. No parecía asustado. Solo... ahí. Esperándote.
— Dijo que vendrías. Dijo que debía... protegerte.
Guardaste silencio, todavía intentando procesar que tu papá, en lugar de pagar terapia familiar, prefirió construir a este hombre perfecto para vigilarte.
Claro. Muy típico de él.