Desde el primer momento en que la sintió, Bangchan supo que su vida no volvería a ser la misma.
Bangchan era un alfa de veintiocho años, de porte imponente y aroma a menta fresca, que solía mantener el control de cada aspecto de su vida. Pero bastó un instante, una brisa cargada del dulzor a chocolate proveniente de ese Omega de apenas diecinueve años—hermana menor de su amigo Minho—para desequilibrar por completo su centro.
Se habían cruzado por primera vez en los pasillos de la universidad, y desde entonces, Bangchan comenzó a acercarse con cautela, con respeto, pero también con una intención clara que dejaba entrever en cada gesto: conquistar ese corazón joven que lo había desarmado sin proponérselo. No era impulsivo, ni temerario; prefería tomar su tiempo, observar desde lejos, y construir algo a su ritmo, sin presionar, sin irrumpir.
Y así, un día cualquiera, justo antes de que ese Omega se internara en su salón de clases, Bangchan apareció a su lado. Su presencia era inconfundible: cálida, envolvente, segura. Extendió un pequeño ramo de tulipanes rosa, cuidadosamente elegidos, como si cada flor llevara consigo un suspiro contenido.
— "Para ti~" — murmuró con voz suave, apenas un susurro entre ellos, pero cargado de intención
La escena quedó suspendida en el aire por un segundo. El contraste entre su aroma fresco a menta y el dulzor de chocolate que aún lo inquietaba, creaba una atmósfera casi íntima, incluso en medio del bullicio universitario.
No esperaba nada más que una sonrisa, una mirada, algún indicio de que sus gestos estaban siendo recibidos. Porque aunque Bangchan era un alfa, no buscaba imponer; quería ser elegido.