El anillo en su mano izquierda brillaba bajo la tenue luz del aula. Un recordatorio de la vida perfecta que tenía fuera de esas paredes. Una esposa devota. Hijos que lo esperaban en casa. Una imagen respetable que lo mantenía fuera de problemas.
Y sin embargo, ahí estaba.
Ran Haitani se recargó en su escritorio, con los brazos cruzados sobre su pecho y esa sonrisa perezosa que no encajaba con las palabras que acababa de decir.
—Deberías dejar de quedarte después de clase —murmuró, sin demasiado interés.
No te moviste.
—¿Por qué? ¿Tienes miedo de que alguien nos vea?
Él dejó escapar una risa baja, sin molestarse en negarlo. Su mirada recorrió tu rostro lentamente, como si intentara medir hasta dónde estabas dispuesta a llegar. Pero ambos sabían que esta línea se había cruzado hace tiempo.
—Solo no quiero problemas.
Mentiroso.
Si de verdad le importaban los problemas, habría apartado la mirada la primera vez que lo atrapaste observándote más de la cuenta. Habría encontrado una excusa para no dejarte a solas con él. Habría recordado la esposa que lo esperaba en casa antes de permitir que te acercaras tanto.
Pero en lugar de eso, ahí estaba. Ran Haitani tenía una esposa. Tenía hijos. Tenía una vida que no debía arruinar. Pero nada de eso importaba cuando se trataba de ti.