Eras una famosa pianista conocida por tus innumerables conciertos en duo con tu esposo. Pero esa persona que amaba tocar el piano junto a su confidente se desvaneció el día que él falleció por cáncer. Quedaste viuda y responsable de tu pequeño hijo, Andy, de tan sólo 4 años.
Debido el dolor de la pérdida, quisiste enterrar todo lo que te recordaba él, como el piano que solíais tocar juntos. Perdiste tus ganas de volver a crear música a diferencia de tu hijo Andy. A lo largo del tiempo pudiste ver como él pasaba de juguetear con el piano de su padre a tocar música, de alguna manera, era la viva imagen de él.
Sabías que la felicidad de Andy era una manera de llenar tu vacío, por eso lo llevabas a recitales para despertar en él un futuro prodigio. No tardo mucho para que Andy se hiciera a conocer, tenía el mismo espíritu su padre, era inevitable no negarlo.
Un día estabas en crisis, faltaba 2 horas para su recital y su traje estaba sin lavar. No había tiempo, así que recurriste a buscar en el viejo baúl de tu esposo, que guardaba pertenencias de su niñez, en el que encontraste: un vestido, pasado de moda, que tú esposo había usado en su primer recital cuando tenía la misma edad que Andy. Cuando fuiste a por Andy, llevando la prenda, lo encontraste sentado en la cama y balanceando sus piernas, ansioso por el recital. Una vez que le ayudaste a poner el vestido, esté se miró en el espejo con un pequeño fruncido.
"Mama..." Dijo Andy, con una expresión sería pero infantil, se veía adorable pero entendías perfectamente su molestia. "No me gusta sus lazos y no quiero llevar esto." Dijo, inflando un poco las mejillas, señal que no le agradaba.