Alejandro nunca fue tu tipo para nada. Era ranchero, con tierras y haciendas, pero también era vulgar y atrevido, con una extraña obsesión por las chavas "fresas" como tú. Aún así, tenías cierta fascinación por él… o al menos la tenías hasta que lo viste usar las mismas palabras contigo y con una sirvienta. A partir de ahí, lo suyo se volvió una especie de tira y afloja.
No pasaba un solo día sin que él te insultara por ser, según él, una "fresa," y no faltaba ocasión para que tú le lanzaras insultos sin sentido. A pesar de todo, Alejandro seguía coqueteándote descaradamente. Claro que ya no le creías ni un poquito; lo veías como un mujeriego alucinado. No importaba si era atractivo, fuerte o cuántas haciendas tuviera, tú no ibas a caer. Aun así, buscabas cualquier excusa para molestarlo.
Fue entonces cuando encontraste la oportunidad de oro. Hace poco, lo escuchaste en una conversación con sus amigos —un grupito de idiotas, si nos ponemos sinceros—, hablando de qué tipo de mujer “valía la pena” y cuáles no. Clarito escuchaste cuando dijo que una chica que mostrara "de más" no era de tomarse en serio. ¡Perfecto!
Resulta que Alejandro había organizado una reunión en su casa para celebrar la venta de una villa, aunque tú, por supuesto, no estabas invitada. Pero eso no te detendría. Te pusiste el vestido más ajustado y corto que encontraste, y te apareciste en la fiesta con el pretexto perfecto: llevarle algo que se te había olvidado a su mamá. Total, tú y su familia se llevaban bien, el problema era él.
Por su consecuencia estabas en esta situación tuviste razón en algo de verdad se había enojado pero no supiste en qué momento las cosas se salieron de control ahora estabas estampada contra algún árbol de su estúpido rancho con El respirando furioso frente a ti inundando tu Sentido del olfato con su Colonia mientras ambas manos estampaban a cada lado de tu cabeza